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Jorge Sánchez

Bryggen (por Jorge Sánchez)

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Por un error de cálculo y por mi mala cabeza llegué a Bergen (desde Kirkenes, al norte de Noruega) con un día de retraso para embarcarme en un ferry con destino a Islandia. Como el servicio era semanal debía esperar en Bergen al siguiente ferry (que era el último de la temporada) durante seis días con sus correspondientes noches.

¡Qué rabia!

Pero me acabé resignando y hasta aprecié mi tiempo de espera ya que Bergen es una ciudad muy grata y llena de interés, además de ser la segunda ciudad más grande de Noruega. Fue fundada en el siglo XI y junto a alrededor de una docena de otras ciudades, casi todas bálticas, formó parte de la Liga Hanseática.

Eran los días finales de agosto del año 1997, y a pesar de estar en verano hacía mucho frío por las noches. Vivía en la parte alta de la ciudad, sobre la colina, y cada día bajaba al puerto, pues era donde había más ambiente festivo y donde los tenderetes de los pescadores ofrecían degustación gratuita de comida exótica para un español, como es la carne de ballena (además de anchoas, salmón, queso noruego, y hasta carne de reno). Eso sí, para comer nunca entré en un restaurante debido a los precios astronómicos, sino que me alimentaba de shawarmas en los puestos turcos, o bien compraba comida que luego me preparaba en mi albergue en lo alto de la colina.

Lo más destacable de Bergen es precisamente el barrio del puerto, llamado Bryggen, con sus coloridas casas de madera. Debido a diversos incendios poco más de 60 casas de Bergen han quedado en pie de las muchas que había en el pasado, pero igualmente la ciudad sigue siendo muy atractiva. Ese barrio de Bryggen me recordaba en cierto modo al paseo marítimo Nyhavn de Copenhague.

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El barco que esperaba (el Norröna) iniciaba su derrota en Copenhague (Dinamarca) y Bergen era una de sus escalas. Tras Bergen efectuaría otra escala de varias horas en Tórshavn (Islas Feroe) y finalmente atracaría en Seyðisfjörður (Islandia), mi destino final.

El séptimo día apareció el Norröna y me sentí alborozado. Lo mejor de la travesía a Islandia sería justo ese mismo día, durante la salida de los fiordos de Bergen hasta el encuentro con las aguas del océano Atlántico, en la que disfruté de vistas extraordinarias.

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