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Jorge Sánchez

Cracovia (por Jorge Sánchez)

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En el año 1996 había visitado Cracovia por unas pocas horas, pero al no disponer de cámara no tenía fotos de esa ciudad (hasta el año 2007 viajaba sin cámara). Para compensarlo regresé a Cracovia en el año 2009, y esa vez me quedé todo un día con su noche para bien poder apreciar sus muchos atractivos turísticos. La ciudad de Cracovia fue capital de Polonia hasta que un rey polaco la trasladó a Varsovia a finales del siglo XVI. No fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial (al contrario de Varsovia, que fue completamente arrasada), por ello preserva intacto todo su centro histórico, que data del siglo XIII. Además, por Cracovia circulan tranvías, lo que la convierte en una ciudad romántica. Hay viajeros que consideran a Cracovia la ciudad más bella de Europa, superando incluso a Praga. Aunque a mí me gusta más Sevilla, en España, seguida de San Petersburgo, en Rusia.

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Lo primero que me sorprendió en ese segundo viaje a Cracovia fue notar que había por las calles muchos frailes y monjas, todos muy jóvenes, que se paseaban por el centro luciendo sus vestimentas religiosas. No en vano Polonia es uno de los países más católicos de Europa y del mundo entero. Una vez instalado en mi hostal me dirigí a pie a la vecina Plaza del Mercado (Rynek Główny en polaco), llena de puestos callejeros de comida y de asombrosos edificios. Entré en la Oficina de Turismo, donde me regalaron mapas y folletos en español. Desde esa plaza céntrica visitaría las principales atracciones turísticas de Cracovia. Entré en la basílica de Santa María, construida en estilo gótico durante el siglo XIV que sorprendentemente tenía dos torres, pero completamente diferentes entre sí. A pocos metros de la basílica había un monumento. Leí que estaba dedicado a Adam Mickiewicz, un poeta romántico, probablemente el más grande de Polonia, de quien, he de confesar, no sabía nada acerca de él hasta ese día. Polonia lo considera suyo por haber escrito sus obras en polaco y estar enterrado en Cracovia. Sin embargo, también los bielorrusos se lo atribuyen por haber nacido en su país. Y hasta los lituanos lo pretenden ya que en su obra principal, un poema épico titulado Pan Tadeusz, empieza con la frase: ‘¡Oh, Lituania, mi país!’, pues en el pasado Lituania y Polonia formaban parte de una confederación política llamada Rzeczpospolita, que abarcaba desde el mar Báltico al mar Negro.

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No dejé ese día de entrar en la Catedral de Wawel, que era el lugar donde se coronaban los monarcas polacos, y le compré un cirio al párroco. Y también me paseé por el barrio judío, donde abundaban los restaurantes de comida kosher. Me sentía como en casa en esa ciudad; no era demasiado grande por lo que se podía caminar por todas partes, desde la Catedral de Wawel al otro lado del río Vístula. Cuando oscureció me compré en uno de los numerosos puestos de comida callejeros de la Plaza del Mercado un buen bocadillo de mortadela más un zumo de naranja y un bollo de nata, y todo me lo llevé al albergue para cenar. Al día siguiente, bien temprano, abordé un tranvía (un sistema de transporte que adoro) para dirigirme a la estación de autobuses para viajar a otro sitio UNESCO, triste pero de visita obligada para aprender sobre la naturaleza humana: Auschwitz.

1 COMENTARIOS

  1. Jorge Sánchez, admiro mucho tus artículos. No solo porque seas un viajero de raza sino por la propia filosofía del viaje que emana de tus escritos, buscando lo cultural/patrimonial, con perspectiva global de conocimiento pero cierta fascinación por Oriente Próximo (Jerusalén, Estambul…) y por una forma de narrar directa pero no exenta de lirismo.

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