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Jorge Sánchez

Crespi d’Adda (por Jorge Sánchez)

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Un día de mediados de abril pude visitar dos sitios UNESCO antes de abordar un vuelo nocturno desde Bérgamo a Barcelona, en mi querida España. La mañana la dediqué íntegramente a explorar el primer sitio, las “Fortificaciones venecianas de defensa de los siglos XVI al XVII: Stato da Terra – Stato da Mar Occidental”, de Bérgamo, ascendiendo a ellas en un funicular. Cierto, lo mejor de esa visita fue la catedral e iglesias interiores que albergan las murallas. También, todo hay que decirlo, me encantó la deliciosa comida que me tomé en un kiosco callejero a base de polenta con funghi (setas) más una botellita de vino blanco de Lombardía. De regreso al centro de Bérgamo abordé un autobús hasta Trezzo sull’ Adda, a unos 15 kilómetros de distancia en dirección a Milán. Averigüé entonces que Adda es el nombre del afluente principal del río Po.

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Pregunté por la calle a una pareja de indígenas por Crespi d’Adda y, siguiendo sus indicaciones arribé 20 minutos más tarde a pie a esa localidad. Un busto a la entrada estaba dedicado al Señor Cristoforo Benigno Crespi, el empresario de la industria textil (algodonera) que fundó en la segunda mitad del siglo XIX el poblado y fábrica que estaba visitando. Había una oficina de turismo adonde entré para recoger folletos didácticos, incluso en español. Ofrecían una visita guiada de pago, pero la ignoré, prefiriendo conocer el lugar de manera independiente (y gratuitamente). De todos modos, delante de cada edificio había un letrero explicativo en italiano y en inglés. No vi apenas visitantes ese día en Crespi d’Adda, aparte de un grupo de escolares conducidos por unos profesores, más una pareja de extranjeros que me parecieron alemanes, a los que pedí que me hicieran una foto frente a la chimenea más alta. Recorrí la calle principal con sus tres “palazzotti” hasta que al fondo distinguí una especie de santuario piramidal. Al acercarme leí un letrero que avisaba: “Zona di Silenzio”, con tres cruces negras; allí se hallaba el cementerio, y retrocedí al instante. Me da angustia entrar en los cementerios y siempre me entran ganas de llorar en ellos.

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Para la vuelta tomé una calle paralela donde se hallaban las viviendas de los obreros (hoy habitadas por sus descendientes) con sus jardines, más la parte residencial donde moraban los directivos. Vi una iglesia (estaba cerrada por hallarse el párroco en Milán y no pude comprar un cirio) y una especie de escuela/hospicio. Cuando la fábrica estaba activa los empleados disfrutaban de un teatro, un hospital y otros edificios comunales, como baños públicos, un polideportivo con piscina, y la estación de bomberos. De hecho, esa fábrica era como un pequeño mundo, pues tenían de todo y eran prácticamente autosuficientes. Después seguí una flecha que me llevaba a una presa hidroeléctrica. Había que adquirir un billete de unos 5 euros para entrar en ella, pero no pagué, pues no me pareció significativa, resignándome a verla desde fuera. Al lado de la presa se ubicaba el castillo, de arquitectura que parecía medieval, donde vivía la familia Crespi, el cual era imponente, pero estaba cerrado al público. Tras unas 3 horas de recorrer prácticamente todo el complejo, entré en una cafetería a reposarme y resguardarme de la molesta llovizna, que no cesó ni un solo momento durante mi estancia en Crespi d’Adda.

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No fue ese un sitio UNESCO excitante; lo hallé uno de los menos atractivos de Italia. Sin embargo, no lamenté la visita pues me conmovió saber acerca de los sentimientos paternalistas del señor Crespi hacia sus empleados. Tras Crespi d’Adda regresé a Bérgamo para abordar un autobús al aeropuerto y volar de vuelta a casita.

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