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Jorge Sánchez

Humahuaca (por Jorge Sánchez)

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Mis amigos argentinos me aconsejaron antes de viajar a este Patrimonio de la Humanidad:
– ¡Tienes que pasar 3 días en la Quebrada de Humahuaca!
Pero yo sólo disponía de un día y una noche. Iba con prisas y con poco dinero, y no podía perder el tren de Villazón a Uyuni, en Bolivia. Lo ideal era emplear el primer día en Purmamarca (con la colina de los siete colores), el segundo en Tilcara (con su “pucará” o fortaleza precolombina), y el tercero en Humahuaca, realizando trekkings por los alrededores, incluyendo un fragmento del milenario Camino del Inca. Esas tres poblaciones son como los antiguos caravanserais, tipo posadas para el antiguo indígena y actual turista.

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Me resigné y eliminé las dos primeras escalas, aunque el autobús pasó por ellas y pude apreciar los 155 kilómetros de la quebrada en todo su esplendor, a la luz del día, con sus impresionantes paredes rocosas; sólo me perdí algunos trekkings.

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Me alojé en el dormitorio de un hostal en Humahuaca cruzando el Río Grande, y recorrí por todo un día ese pueblo con casas de adobe. Incluso me desplacé a pie hasta un cerro vecino para obtener una vista panorámica del lugar y observar el colorido de las montañas. A medianoche me dirigí a la plaza del Cabildo, donde está sita la iglesia del siglo XVII “Nuestra Señora de la Candelaria”, junto a varios extranjeros del albergue, para presenciar una ceremonia indígena cuando una estatua representando a santo (San Francisco Solano) bendice a los asistentes y a la Pachamama. Tras ello los clientes del albergue y yo regresamos a nuestro dormitorio, a unos 15 minutos a pie más allá del Río Grande.

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Parte del día siguiente lo invertí en recorrer otros atractivos de esa población, como el monumento a los héroes durante la guerra de la independencia (de España), el mercado central y los callejones empedrados. Algunas paredes de las casas lucían curiosos dibujos naifs. Y no me olvidé de hacer amistades locales. Y cuando llegó la hora abordé el autobús a la frontera con Bolivia. Ese trayecto paralelo al Río Grande también fue memorable; una buena parte de él transcurrió por el valle bordeando unas montañas de formas y colores fantásticos. A pesar de mi breve estancia abandoné Humahuaca satisfecho. Ahora me esperaba otro plato fuerte en mi viaje: el Salar de Uyuni.

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