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Palestina

Jerusalén (por Jorge Sánchez)

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¡Oh, Jerusalén, eres la ciudad que más amo en este mundo!

Hay fronteras míticas en el mundo, y el puente de Allenby es una de ellas.

Tras visitar durante dos semanas la Iraq de Saddam Hussein, me encontraba en Ammán esperando mi vuelo a Atenas para tres días más tarde. Ya había estado en Jordania varias veces, sobre todo en Petra; también había admirado los castillos del desierto (Quseir Amra) con frescos que representan escenas de caza al este de Ammán, camino de Iraq; había explorado las ruinas de Gerasa; había tomado un baño a orillas del Mar Muerto; había hecho una excursión de dos días en jeep por el desierto de Wadi Rum a partir de Aqaba… Esperar tres días más en Ammán era una perspectiva aburrida. De repente me surgió la idea de visitar la ciudad santa entre las santas ¡mi amada Jerusalén!

Era arriesgado viajar a ella porque ante el conflicto más pequeño el puente de Allenby se cierra, cosa que de suceder podría quedar atrapado en Israel y perder mi vuelo a Atenas. Pero asumí el riesgo; el deseo de volver a sentir la magia de Jerusalén era demasiado fuerte. Cruce el puente de Allenby sobre el río Jordán, que conectaba Jordania con la Cisjordania.

No tuve problemas en la frontera; incluso autoricé a los agentes de inmigración israelíes el estampar mi pasaporte porque no tenía intención de visitar los países árabes en un futuro próximo. Los dos sellos de Allenby en el pasaporte son hoy en día muy queridos para mí. En ellos está escrito en caracteres latinos y en hebreo: «Allenby Border Control». Un sello dice «Entry», y el otro dice «Exit».

No me precipité para viajar a Jerusalén, sino que me detuve por un buen rato en Jericó, una de las ciudades más antiguas continuamente habitadas.

Penetré en Jerusalén por la Puerta de Damasco. Una vez dentro de las murallas me quedé subyugado por la atmósfera de esa histórica y sagrada ciudad. Hallé el albergue donde había dormido años atrás y me alojé en él. Deambulé sin ningún objetivo concreto por los callejones; iba entusiasmado, sonriente, todo me parecía bello, perfecto. Entré en iglesias, mezquitas y sinagogas, sin dejarme ni una, y cuando oscurecía compré dulces morunos a base de miel y regresé al hostal. Esa noche dormí como un lirón de lo feliz que me sentía.

Al día siguiente todavía me paseé de nuevo por la vieja Jerusalén para admirar la Cúpula de la Roca y el Muro de las Lamentaciones. Me encantó volver a examinar todo y hablar con la gente. No hay ciudad en el mundo que me provoque sentimientos tan íntimos como la sacrosanta Jerusalén. Hacia el mediodía me dirigí, parte en autobús y parte en autostop, a un monasterio muy querido por mí, construido el siglo VI, llamado San Jorge de Coziba, para saludar a sus monjes griegos. Pocas horas después regresaba a Jordania por el Allenby Bridge. Había sido un día maravilloso.

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