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Jorge Sánchez

Marsella (por Jorge Sánchez)

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La primera vez que viajé a la ciudad de Marsella lo hice como los antiguos griegos que la fundaron, en barco. Venía navegando desde Porto Vecchio, en la isla de Córcega, y al desembarcar visité la rada y a continuación me apunté a una excursión marítima al castillo y al faro de la isla de If (donde Dumas sitúa la mazmorra donde estuvo confinado Dantès en su famosa novela “El conde de Montecristo”), recorrí la cornisa, visité caminando la rada con sus fortificaciones dos veces, a la ida y a la vuelta, ascendí a la Basilique Notre-Dame-de-la-Garde (donde le compré un cirio al párroco) y, como era jueves, me comí un plato de couscous del menú del día en un restaurante argelino en el puerto viejo.

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Todo se puede recorrer a pie en Marsella, incluso la escalada a la basílica Notre-Dame de la Garde, que es el símbolo de la ciudad y desde donde se disfruta de una excelente vista panorámica de la rada de Marsella. Cada vez que pasaba por el puerto, los marroquíes y otros magrebís, al verme con una bolsa de viaje me preguntaban si traía mercancías de África para vender. Me tomaban por un inmigrante.

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En mi opinión, Marsella, tras París, es la ciudad francesa con más encanto, pero a diferencia de la capital de Francia, Marsella no te llega a agobiar pues su población apenas alcanza el millón de almas. Por la noche entré en un supermercado para comprar un pan más 200 gramos de mortadela para la cena, caminé arriba, arriba, hasta que llegué a la estación de trenes, y embarqué en uno de ellos en dirección a mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, en mi querida España.

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