MunDandy

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España

Mesas de piedra

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Nada mejor que comenzar un año nuevo haciendo algo diferente y, ya de paso, que sirva para paliar los excesos de la noche anterior. Eso fue lo que decidimos unos amigos el primer día de 1992, cuando, apenas unas horas después de haber dado la bienvenida al nuevo año, emprendimos camino hacia la Aceña de la Borrega, pedanía de curioso y promisorio nombre que forma parte del municipio extremeño de Valencia de Alcántara. Nuestra intención era visitar algunos dólmenes, monumentos megalíticos de procedencia generalmente neolítica que se encuentran en buen número por toda esta zona del oeste español, lindando ya con tierras lusitanas.

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Prácticamente desconocido para la mayoría, salvo para algunos aficionados a la materia, el conjunto dolménico de Valencia de Alcántara es uno de los más importantes de Europa y quizás del mundo. Consta de más de cuarenta elementos en diferente estado de conservación, distribuidos de manera irregular por todo el municipio valenciano-alcantarino. Se estima que estas construcciones funerarias tienen alrededor de seis mil años y en su construcción se empleó fundamentalmente el granito, material muy abundante en la zona, aunque unas pocas fueron realizadas en pizarra. Completan el conjunto algunos monolitos catalogados como menhires e incluso un extraño círculo de piedra, descubierto recientemente por un investigador local y que podría corresponder a un posible crómlech.

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Aunque existen diversas teorías al respecto, es posible que el término dolmen provenga del gaélico tolmen, que podría traducirse como mesa de piedra. Los más antiguos que se han descubierto se remontan al Calcolítico, pero fue en el Neolítico inicial cuando adquirieron más relevancia. La mayor parte de ellos se localizan en Europa Occidental, aunque existen también en otras zonas del mundo, desde la India a Corea. Su funcionalidad principal era la de servir como enterramiento colectivo, solían estar situados en las inmediaciones de una corriente de agua y, por lo general, quedaban orientados hacia el este. Siempre estaban recubiertos por una capa de tierra a la que se denomina túmulo, que los hacía pasar desapercibidos al mimetizarse en pequeños montículos.

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Tras dejar el coche en la mencionada población de la Aceña de la Borrega, echamos a andar en dirección norte, hacia un impresionante batolito granítico que se recorta en el horizonte dentro del paraje denominado La Data. Junto a él se encuentran los dólmenes homónimos, rodeados por un agreste entorno de espectacular belleza. Aproximadamente a un kilómetro hacia el sureste se localiza el dolmen El Mellizo, auténtica joya de la corona del conjunto dolménico de Valencia de Alcántara debido a su excelente estado de conservación. Continuando otro kilómetro más hacia el este llegamos, ya algo tocados por la falta de sueño de la noche pasada, a los dólmenes del Cajirón, menos renombrados que el anterior pero no por ello de menor interés.

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Como suele ocurrirme cuando me sitúo ante estas venerables construcciones, un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo. No era aquella la primera vez que veía un dolmen, pero esa sensación se repite cada vez que estoy frente a uno de ellos. En ese momento acostumbro a recordar que estos monumentos fueron erigidos por el ser humano más de un milenio antes que la famosa pirámide de Keops y allí siguen, como prueba del respeto que aquellas personas, mal llamadas primitivas, sentían por sus muertos. Aquella emoción se ha ido inexorablemente repitiendo con el paso del tiempo, cada vez que he retornado a visitar los lugares de enterramiento de aquellos que en cierta manera fueron mis antepasados. Y vuelvo a sentirla ahora, cuando escribo este pequeño homenaje como una manera de respeto a su memoria.

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