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Jorge Sánchez

Praia (por Jorge Sánchez)

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Había comprado un billete muy económico con ida desde Dakar a Praia (la capital de la isla de Santiago) y vuelta a Lisboa desde la isla de Sal. La condición era quedarme en Cabo Verde un mínimo de siete días. Nunca había estado en ese país, que está compuesto por diez islas y cinco islotes. Cuando llegaron los portugueses las islas estaban deshabitadas. Varias de ellas las utilizaron para “almacén” de pobres nativos africanos, a quienes hacinaban, esclavizaban y vendían en Brasil y en otros países americanos. La población actual de las islas supera ligeramente el medio millón de personas; la mayoría de ellos es descendiente de esos seres africanos esclavizados por los europeos (básicamente portugueses, ingleses, franceses y holandeses).

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Praia me gustó, la encontré una ciudad colonial portuguesa agradable, con iglesias católicas centenarias y bares con terraza donde se podía pedir una cerveza Sagres o un vaso de rico vinho verde. La atmósfera era grata; la población era en gran proporción mulata (portugueses, lo mismo que los españoles, se mezclaban con fruición con las nativas africanas en sus posesiones de ultramar sin complejos, cosa que no hacían ingleses, franceses u holandeses), que se dedicaba a la recolección de café, de azúcar, de frutas, o a pescar. En la terraza de mi bar favorito siempre había portugueses tomando cafezinho que trabajaban en las escuelas, hospitales, o eran simplemente comerciantes que vendían productos portugueses a Cabo Verde.

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No eran islas verdes, como su nombre infería, sino áridas, de origen volcánico, con poca vegetación debido a la tierra de cenizas de los volcanes y a la casi ausencia de lluvias, además de por su proximidad al desierto del Sahara. Noté que cuando decía a los indígenas que era español, sonreían y se alegraban. En cambio, a los portugueses les habían cogido manía, pues hubo un período (desde 1941 a 1948) en el que murieron de hambruna unas 50.000 personas, y Portugal, país del que eran colonia, jamás envió comida para aliviar el sufrimiento de las gentes, dejándolos morir sin piedad.

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Al final me quedé tres días en la isla de Santiago. En uno tomé varios autobuses que me dieron la vuelta a la isla para familiarizarme con ella, otro lo dediqué a la vecina Cidade Velha, que había sido la primera capital de Cabo Verde. El tercer día, que era domingo, me quedé íntegramente en Praia. Por la mañana asistí a la misa en la Igreja Nossa Senhora da Graça y le compré un cirio al monaguillo del párroco. La tarde la pasé tomando cervezas en una plaza central del barrio de Plateau con una vista espectacular del océano. El cuarto día metí la pata hasta el fondo. Pensando que ya conocía bien la isla de Santiago, volé a la isla de Sal para pasar los cuatro días restantes. Y fue un gran error. Praia tenía encanto y cultura, pero en Espargos, la capital de la isla de Sal (isla completamente plana, sin montañas), sólo encontré indígenas dedicados a servir a miles de turistas europeos (predominando los españoles, italianos y portugueses) que sólo se bañaban en las playas de día y bebían vinho verde por la noche. Me tenía que haber quedado en Praia seis días y dejar sólo uno para ir a freír Espargos en la isla de Sal.

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