MunDandy

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España

Resistiendo al tiempo

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Discurría la segunda mitad del siglo XVI cuando un grupo de peregrinos que volvían de la abadía de Santa María, situada en la villa francesa de Valbonne, decidieron construir una ermita en su tierra. Como era costumbre en aquella época, para afrontar los gastos de tamaña empresa se recaudaron fondos entre la población y pronto comenzaron los trabajos de construcción del edificio. Como responsable de la obra se nombró a Juan Bravo, uno de los arquitectos más conocidos de la época y responsable de numerosas obras tanto civiles como religiosas en diversas localidades extremeñas. Para el emplazamiento del templo se eligió una colina situada a media legua de la villa de Valencia de Alcántara, de forma que pudiera ser vista desde casi cualquier punto de la población.

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El templo albergaba una representación de la Virgen, a la que se empezó a conocer como Nuestra Señora de Valbón en recuerdo de la abadía que sirvió de referencia para construirla. La imagen fue proclamada Patrona de Valencia de Alcántara en 1618 y en su honor se celebraba cada año una romería el 2 de febrero, día de la Candelaria. Valbón disponía de su propio capellán, que residía en un edificio anexo al santuario. Pero el tiempo fue pasando y, a mediados del siglo XIX, comenzó a restaurarse otra ermita, situada en una colina de más fácil acceso y más cercana a la villa. Esta edificación albergaba una talla de la Virgen de los Remedios, que empezó a ser progresivamente venerada en detrimento de la imagen de Valbón. Que, con el paso de los años, fue abandonada y su leyenda empezó a declinar.

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Habían pasado más de cuatrocientos años desde la fundación de Valbón cuando un pequeño grupo de excursionistas se dirigía hacia el templo, con el fin de hacer hincapié en su total estado de abandono y plantear la necesidad de su posible restauración y recuperación. El día había amanecido soleado en Valencia de Alcántara, pero a medida que los senderistas se aproximaban a la base de la colina donde se encuentra la ermita una densa niebla comenzó a cubrirla. No importaba, el otoño estaba en pleno esplendor y era todo un disfrute pasear por aquellas tierras donde el verde de las hojas de los robles se funde con las diferentes tonalidades de ocre de los pelados troncos de los alcornoques y el gris del granito.

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Alguno de los componentes del grupo empezaba a pensar que estaban definitivamente perdidos, cuando la niebla se levantó algo y pudieron dar con el camino correcto. La ermita los esperaba allí arriba, con su estampa de vigilante de los contornos. Con ese ligero aire de arrogancia y superioridad que da el saberse más arriba que nadie, aguantando durante cientos de años el abandono y la acción de los elementos. Sus viejos muros se mantienen tercamente en pie resistiendo vientos y tempestades, pero de los tres cuerpos que tenía su bóveda gótica tan solo sobrevive el central. Ya no quedan prácticamente retazos del púlpito ni de los tres altares que llegó a tener en su plenitud. El pórtico está medio derruido y la pequeña sacristía existente en su interior prácticamente destruida.

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Pasamos un tiempo admirando aquella obra que, seguramente, tanto esfuerzo costó levantar y que el abandono condenó a una lenta agonía. Luego empezamos el descenso hacia la villa. Retorno complicado pues supone ir vadeando un auténtico río de granito y escobas, al tiempo que saltar alguna que otra pared. Una vez alcanzamos el camino principal volví la cabeza y pude ver una imagen de la colina, ya desprovista de cualquier atisbo de niebla, con la vieja ermita alzándose majestuosa sobre ella. Me pareció que resistía al paso del tiempo y desafiaba tanto a su propio declive como a los elementos que amenazan con derruirla, dejándoles saber con su leve aire arrogante que nunca conseguirán acabar con ella.

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