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Jorge Sánchez

Segovia (por Jorge Sánchez)

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Segovia es una de las ciudades más fascinantes de España y posee una historia riquísima, como iba a comprobar durante mi viaje a ella en el año 1999, cuando la visité por primera vez. El autobús de Madrid me dejó justo frente al famoso acueducto romano. A pocos metros me detuve ante la estatua de una loba alimentando a Rómulo y Remo. El acueducto daba la impresión de haberse construido hacía poco de lo intacto que estaba. De hecho, hasta bien entrado el siglo XX circulaba agua por encima de él. Fue erigido en el siglo II, precisamente durante el reinado de dos de los tres emperadores que Hispania dio al Imperio Romano: Trajano y Adriano. Me quedé al menos media hora admirando su arquería. Durante la invasión de los árabes el acueducto fue dañado por ellos, pero se reparó una vez reconquistada Segovia por las tropas cristianas.

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Como tenía todo un día y una noche por delante, pues había reservado un hotel en el centro de la ciudad, caminé despacio deteniéndome en todos los vericuetos, sin dejarme ni un atractivo turístico importante. Así pues caminé cuesta arriba por una calle principal en dirección a la Plaza Mayor. Por el camino observé a la derecha un monumento dedicado a Juan Bravo, un jefe comunero que se enfrentó a las tropas de Carlos I. Una vez capturado fue decapitado. Luego me interné por el lado izquierdo y entré en la iglesia del Corpus Christi, que había sido durante unas décadas una sinagoga, hasta que al principio del siglo XV fue incautada y pasó a ser una iglesia. Vi en su interior unos capiteles que me recordaron a la sinagoga Santa María la Blanca, en Toledo. También me fijé en sus bellos retablos. En la Plaza Mayor me detuve más de una hora y aproveché para desayunar en una cafetería un café con leche más un bollo de nata. Había en la esquina de esa plaza una iglesia que no llamaba la atención. Se llamaba San Miguel, pero era particular porque en su interior se coronó en el año 1474 nuestra reina Isabel la Católica, probablemente la reina más admirable en toda la historia de la Humanidad. Por más que esperé a que la abrieran siempre la encontré cerrada, así que desistí y entré en la catedral, que justo se hallaba enfrente. La catedral se llamaba Santa Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos. La entrada era de pago, pero pagué, claro, pues además de que apenas costaba unas 100 pesetas (menos de 1 euro hoy), es una de las catedrales góticas más tardía de España (data de los siglos XVI y XVII). En su interior localicé al monaguillo del párroco y le compré un cirio.

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Y ahora estaba listo para visitar otro plato fuerte del día, el maravilloso alcázar de Segovia. Es tan bello e impactante, con forma de proa de barco, que hasta Walt Disney se inspiró en él para dos de sus más conocidas películas: Cenicienta y Blancanieves y los siete enanitos. Pasaría en su interior 3 horas de tanto que me complació. Tras pagar la entrada penetré en su interior. Me detuve sobre todo en la sala del Trono, donde leí el lema: Tanto monta (de ahí Tanto Monta, Monta Tanto, Isabel como Fernando). Luego entré en la Sala de los Reyes, tras ello a una capilla pequeña, subí por unos escalones a la torre de Juan II, al cuarto de hora descendí, visité entonces la Sala de la Armería… ¡esa encantadora visita hizo que me sintiera un niño! A la salida del castillo me fijé en otro monumento histórico dedicado a Daoiz y Velarde, dos héroes que se enfrentaron a las tropas napoleónicas el 2 de mayo del 1808, y fueron ejecutados por los franceses.

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Esa noche, de tan regocijado que me sentía, resolví tirar la casa por la ventana y en vez de comprarme un triste bocadillo de mortadela para cenar, entré en un restaurante céntrico de precios moderados (no fue el famoso Mesón de Cándido, que lo encontré demasiado caro para mi bolsillo) y pedí un cochinillo con un vaso de vino de Toro. Cuando le sugerí al camarero que siguiera la tradición gastronómica segoviana, él me hizo caso y, una vez que me había servido el cochinillo, estrelló con ímpetu contra el suelo el plato vacío rompiéndolo en mil pedazos. Todos los comensales aplaudimos entusiasmados ese gesto. Al acabar la cena me paseé de nuevo por los alrededores del acueducto para hacer la digestión. Esa noche dormí como un lirón en mi hotel. A la mañana siguiente regresé a Madrid en autobús y poco rato después tomé un tren a mi pueblo, Hospitalet de Llobregat.

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