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Jorge Sánchez

Sevilla (por Jorge Sánchez)

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Considero que Sevilla es la ciudad más bella de España. La he visitado incontables veces, siempre he sido feliz en ella, y he conocido moderadamente bien los tres componentes de su Patrimonio Mundial. En su catedral he entrado no menos de veinte veces, mientras que en su alcázar unas cuatro o cinco. Sin embargo, en el Archivo de Indias, que había sido en el pasado una lonja, sólo entré una vez en el año 2013 y fue debido a una exposición que hubo sobre los descubrimientos españoles de las islas del océano Pacífico, así que presté más atención a los mapas y dibujos que a la arquitectura en sí del edificio. Este Patrimonio Mundial es injusto con otros lugares sumamente sugerentes de Sevilla que son omitidos por la organización UNESCO, como su encantador Barrio de Santa Cruz y su maravillosa Plaza de España.

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Aunque algunos viajeros que conozco consideran el Alcázar de Sevilla más sugestivo y espectacular aún que la Alhambra de Granada (yo no estoy de acuerdo), el atractivo más importante de este patrimonio mundial es su catedral, que es única en todos los aspectos. Para empezar, la catedral de Sevilla representa el edificio gótico más grande de Europa, y su retablo es el mayor del mundo cristiano, superando en esplendor incluso al de la catedral de Toledo. En cuanto a su minarete, que no se destruyó cuando los cristianos reconquistaron Sevilla (en el año 1248, gracias a nuestro rey Fernando III el Santo), se reconvirtió en campanario y se le llamo Giralda. Es casi una copia exacta del minarete Koutoubia de Marrakech, erigido unos pocos años antes que la Giralda. El subir a la parte alta de la Giralda por su rampa y sus escalones finales es muy gratificante, pues desde allá arriba se obtienen unas vistas formidables de la ciudad de Sevilla.

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Los fabulosos tesoros que alberga el interior de la catedral de Sevilla están más allá de la imaginación. Visité una a una todas las capillas y todos los altares y todas las sacristías, sin dejarme ni una. Vi también la estatua y tumba de nuestro rey Fernando III el Santo (debió de ser muy bajo, a juzgar por el tamaño de su escultura), la custodia de plata obra de Juan de Arfe, la pintura de Francisco de Goya representando a las santas Justa y Rufina, cuadros de Zurbarán como el dedicado a Santa Teresa de Jesús, la Sala Capitular, el coro con la sillería, coronas de oro macizo con brillantes, perlas gigantes y piedras preciosas, sus vitrales y rosetones, las obras de orfebrería… y un largo etcétera de cosas prodigiosas que superaban a las que contenía la cueva de Alí Babá. Junto a la sepultura de Cristóbal Colón coincidí con un amigo ruso y, al contarle que había también visitado la tumba que se atribuye a Cristóbal Colón en Santo Domingo (República Dominicana), me pidió que expusiera a él y a los compañeros de su grupo turístico mi opinión sobre cuál era la verdadera tumba que albergaba los restos del navegante, si la de Sevilla o la de Santo Domingo, cosa que hice. Esa bella tumba está preñada de simbolismo: los cuatro personajes que llevan a hombros el féretro de Cristóbal Colón representan a Castilla, León, Aragón y Navarra.

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Un cuadro que me emocionó contemplar fue el de Bartolomé Murillo y su gigantesca obra La Visión de San Antonio (de casi 6 metros de alto por 4 de ancho). El averiguar su historia me emocionó y casi me hizo llorar al constatar que en este mundo la gente buena supera abrumadoramente a la gente mala. Sucedió que en el año 1874, al cerrar la catedral, un individuo se ocultó en el interior. Durante la noche, el ladrón arrancó con un cuchillo un fragmento del cuadro de San Antonio, precisamente la parte donde está el santo dibujado. Al día siguiente, al abrirse las puertas de la catedral, salió el ladrón con el producto de su robo sin ser detectado. Ello fue una gran desgracia para la catedral y el mundo del arte. Unos meses más tarde se presentó ante un anticuario de Nueva York un individuo proponiéndole comprar una tela que le presentó: ¡era el fragmento robado del cuadro de Murillo! El anticuario estaba al corriente del robo en la catedral de Sevilla, pero ¿qué hacer? Si intentaba llamar a la Policía el ladrón se escaparía con la tela, así que decidió comprársela. Pagó por ella 50 dólares. Inmediatamente contactó al cónsul de España en Nueva York y la devolvió. El anticuario no aceptó ninguna recompensa, ni siquiera pidió que le devolvieran los 50 dólares. Siempre, tras mi visita a la catedral de Sevilla, me dirijo a pie al kiosco de las Flores, en la calle Betis, a comerme unos pescaítos fritos con un vino de Moriles junto al puente de Isabel II, o de Triana, y me deleito viendo pasar los barcos por el río Guadalquivir.

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