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Jorge Sánchez

Toledo (por Jorge Sánchez)

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He visitado Toledo en más de una ocasión. La última fue en el año 2011 acompañado de una amiga de un pueblecito del sur de Kiev (Ucrania). De Madrid salimos en un tren que nos dejó en la parte nueva de la ciudad, pero antes de entrar por la Puerta de la Bisagra, a cuyo flanco se halla la estatua de nuestro rey Alfonso VI el Bravo (quien reconquistó Toledo a los árabes en el año 1085), decidimos dirigirnos a un mirador que recordaba de un viaje anterior en solitario, con vistas fabulosas. Contratamos un taxi. Primero cruzamos el puente de Alcántara (o puente del puente, ya que la palabra alcántara proviene del árabe Al Qantarah y significa puente) que los antiguos romanos erigieron (aunque el de la actualidad es una reconstrucción) cruzando el río Tajo. Observamos que justo al otro lado del Tajo se distinguía el castillo de San Servando en lo alto. Una vez llegados a un mirador junto a unos cigarrales nos deleitamos durante un buen rato de la vista tan soberbia que se abría ante nuestros ojos. Enfrente se distinguía el alcázar, la torre gótica de la catedral, más varias iglesias y monasterios, mientras que abajo, adosada al río, había una casa que perteneció a un judío solterón y muy avaro, que era recaudador de impuestos, y antes de morir escondió un tesoro en ella, tesoro que aún no ha sido descubierto. Oí a un guía que explicaba a sus turistas que ese mirador era el más fabuloso de toda Europa. Y yo estuve de acuerdo con él; yo no he visto otro igual durante mis viajes.

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Tras ello el taxi nos depositó en la Plaza del Zocodover, ya en el interior de la doble muralla. En esa plaza se celebraban en el pasado las corridas de toros y los autos de fe. Nosotros aprovechamos para desayunar un café con leche más un bollo de nata, y visitar a continuación el museo vecino de Santa Cruz, que fue en el pasado un hospital. Después descendimos por unas callejuelas hasta alcanzar la plaza de la catedral, cuya visita nos tomó unas tres horas de lo extraordinaria que era más los tesoros que albergaba, como cuadros de artistas renombrados, las sillerías del coro, las exquisitas vidrieras, la sala capitular, el magnífico y rico retablo, y sobre todo nos impactó su maravilloso transparente, obra de Narciso Tomé, nuestro Leonardo da Vinci. A la salida, en esa misma plaza, a un lateral de la catedral, admiramos la casa consistorial, o actual Ayuntamiento, de estilo herreriano (lo proyectó Juan de Herrera en el siglo XVI), participando en su construcción Jorge Manuel Theotocópuli (hijo natural de El Greco).

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Antes de llegar a nuestra próxima visita, la casa donde supuestamente vivió El Greco (cosa que no es cierta), paramos en un convento para comprar mazapán a las monjas y luego almorzamos platos típicos manchegos en un restaurante donde cantaron los Tunos, que interpretaron la conocida canción de Clavelitos. Tres de las últimas visitas que realizamos antes de regresar a Madrid fueron el contemplar detenidamente el prodigioso cuadro de El entierro del conde de Orgaz, de El Greco, en la iglesia de Santo Tomé, más la antigua sinagoga, hoy templo y museo llamado Santa María la Blanca. De once sinagogas que existían en el año 1492 en Toledo, hoy quedan sólo dos, y ambas transformadas en museos. Por último, entramos en el cenobio de San Juan de los Reyes, donde los Reyes Católicos decidieron en un principio ser enterrados, aunque luego cambiarían de opinión y finalmente eligieron para su reposo eterno la Capilla Real de Granada. Una vez que salimos de la parte vieja por el puente medieval de San Martín nos dirigimos a pie a la estación del tren para regresar a Madrid ya oscureciendo, llenos de regocijo y comiéndonos con fruición el mazapán de las monjas por el camino; había sido un día muy intenso y provechoso.

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