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Jorge Sánchez

Wadi Rum (por Jorge Sánchez)

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A finales del siglo XX viajé en compañía de media docena de amigos españoles en barco, desde Nuweiba (en el Sinaí, Egipto) hasta Aqaba, en Jordania, avistando desde la cubierta las montañas de Arabia Saudi y de la ciudad israelí de Eilat. Nuestra intención era pasar una noche en Aqaba y al día siguiente marcharnos hacia los platos fuertes de nuestro viaje: Petra y el Mar Muerto. Sin embargo, en el mismo puerto un jordano muy joven, que se presentó como guía turístico, nos hizo cambiar de planes al ofrecernos un viaje que prometía ser maravilloso y a precios increíbles, incluyendo jeeps y comida: el desierto de Wadi Rum. Había una opción de pasar una noche en el desierto, dentro de unas tiendas beduinas, y la otra consistía en un día largo, desde el amanecer hasta bien entrada la noche, regresando a nuestro hotel en Aqaba. Optamos por esta segunda alternativa.

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Al día siguiente bien temprano vinieron a buscarnos dos todoterrenos y nos lanzamos a la aventura. Algunos de nuestros se habían comprado la noche anterior una kufiyya (pañuelo palestino) para protegerse del sol. Todos estábamos excitados; nos sentíamos Lawrence de Arabia. La excursión fue fantástica, de cuento. Los policías montados en camello nos saludaban por el camino y en una ocasión bebimos té con ellos. Las rocas en medio del desierto nos fascinaron y queríamos visitarlas todas. El paisaje era subyugante, parecía irreal. Todos nos felicitamos por haber interrumpido nuestro viaje original, aplazando Petra por un día, para disfrutar de Wadi Rum. Varias veces hicimos un alto en la excursión para comer y beber, y también explorar los vericuetos de las enormes rocas.

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Al regresar a nuestro hotel de Aqaba tuvimos una sorpresa nada agradable: la Policía estaba esperando a nuestro guía. Nos informaron de que era un guía pirata, no oficial, sin licencia, y le requirieron devolvernos el dinero de nuestro tour. Naturalmente, todos nos negamos, la excursión había sido maravillosa y rechazamos el dinero que el pobre guía estaba dispuesto a devolvernos. Y todos nos fuimos a dormir dándole palmaditas en la espalda a nuestro guía para que no se desmoralizara. No supimos qué pasó finalmente con nuestro guía, si le multaron o no, pero al menos nuestra conciencia estaba tranquila por haber pagado a precio razonable una excursión asombrosa que nos satisfizo completamente. A la madrugada siguiente proseguimos nuestro viaje hasta alcanzar nuestro hotel en Petra.

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