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Jorge Sánchez

Zinder (por Jorge Sánchez)

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Llegaría a Zinder hacia el mediodía y a la mañana siguiente bien temprano me marcharía a Niamey, la capital del país. A pesar de mi corta estancia en esa ciudad lo que vi me encantó, en especial el viejo barrio de Birni.

Iba recorriendo en horizontal toda África, desde el mar Rojo hasta el océano Atlántico, por tierra, sin coger aviones, y al llegar a Zinder, proveniente del Chad, me alojé en la Mission Catholique. En esa zona de África, a pesar de ser en su mayoría de fe islámica, respetan mucho a los curas y a las monjas, y sus misiones son más seguras que un hotel, además de que pasar la noche en ellas suele ser bastante económico. A veces, si uno tiene suerte, a la hora de la cena un cura o una monje entabla conversación contigo y te narra curiosidades del país, lo que fue mi caso en Zinder, cuya misión estaba regida por monjas españolas con quienes hice amistad. Las misiones católicas de África son entrañables y siempre que puedo las elijo para dormir.

Zinder fue la capital de un antiguo sultanato llamado Damagaram, y su palacio aún se puede ver. La ciudad sigue siendo un cruce de caminos desde el pasado, cuando era un lugar por donde transitaban las caravanas de esclavos (aún hoy se preservan en esa ciudad los restos del lugar donde se almacenaba a los pobres africanos que vendían como esclavos). Por el este se llega al Chad, por el oeste a la capital Niamey. Por el norte a Agadez y más allá a Argelia, mientras que por el sur se alcanza Kano, en Nigeria.

El centro histórico está lleno de casas de adobe y la mayoría de sus gentes viste de manera tradicional, muy colorida, sobre todo las mujeres. El que ha estado de peregrinaje en La Meca dibuja la piedra sagrada negra de ese lugar en las paredes exteriores de su casa, o bien un avión o autobús, detallando la forma en que viajó a esa ciudad árabe realizando el hajj. Y todas las gentes son muy amables. Como el país estuvo dominado por Francia prácticamente todo el mundo habla el francés (además de sus dialectos africanos locales, como el Hausa o el Kanuri).

La ruta por la que iba viajando, denominada la Transaheliana, nunca duerme; día y noche circulan vehículos cargando mercancía y personas desde un extremo de África al otro.

Recuerdo que la mañana de partir, y quedándome ya poco dinero para concluir mi viaje y regresar a mi pueblo Hospitalet de Llobregat, en mi querida España, me vendí mi saco de dormir en el zoco, y gracias a ello pude comer algo mejor que huevos cocidos y un cacho de pan hasta que por fin alcancé Nuadibú, en Mauritania, y allí un gentil capitán de un bajel pescador me depositó en las Islas Canarias.

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