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Jorge Sánchez

Alcalá de Henares (por Jorge Sánchez)

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He tenido la suerte de viajar a la muy grata ciudad de Alcalá de Henares en dos ocasiones. Durante la primera, en los años 90 del siglo XX, pasé apenas 3 horas y sólo visité la famosa Universidad Cisneriana, o Colegio Mayor de San Ildefonso, entrando en los patios de sus edificios y observando la arquitectura exterior. Había allí una estatua dedicada a su fundador en 1499: el Cardenal Cisneros. Todavía me río al recordar la actitud viril del admirable Cardenal Cisneros cuando, tras la muerte del rey Fernando II de Aragón (Fernando el Católico), llegaron a su residencia varios nobles de Castilla con pretensiones de recuperar su poder perdido para preguntarle de manera insolente con qué poderes pretendía gobernar el reino a la espera de la llegada del heredero, el futuro Carlos I, desde Gante. El Cardenal Cisneros, que ya contaba 80 años de edad, abrió un balcón y les mostró a los nobles las tropas estacionadas junto a su residencia en posición de combate. Entonces exclamó:

– ¡Señores, éstos son mis poderes!

Los nobles volvieron a sus tierras castellanas con las orejas agachadas y el rabo entre las piernas.

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Había decidido visitar esa universidad por saber desde mis años escolares que ha sido la segunda fundada en España, tras la famosa universidad de Salamanca (datando ésta del siglo XIII). Pero lo que hacía especial la de Alcalá de Henares era que había sido la primera en el mundo construida siguiendo un plano humanista y universal, un ejemplo de la Civitas Dei (o Ciudad de Dios). El trazado de esa universidad de Alcalá de Henares sería exportado, además de a Europa, a las varias decenas de universidades y colegios mayores que España erigió en sus provincias de América (eran provincias pero no colonias, pues esos territorios del continente americano formaban parte integral de España y sus habitantes tenían la nacionalidad española, con todos los derechos que ello conllevaba), y también a las tres de Filipinas (dos en Manila y una en Cebú). En esa universidad han estudiado durante nuestro Siglo de Oro personajes tan significativos para nuestra historia como San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Antonio de Nebrija (el creador de la primera gramática de la lengua castellana)… y un largo etcétera de hombres ilustres. Esa universidad fue trasladada a Madrid en los años 30 del siglo XIX, y sus edificios no volverían a ser utilizados para la enseñanza hasta la restauración de la universidad durante mediados de la segunda mitad del siglo XX.

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Durante mi segundo viaje a Alcalá de Henares, ya en el año 2017, la ciudad estaba inscrita como Patrimonio Mundial por la UNESCO (cosa que ocurrió en el año 1998). En esa época disponía de cámara fotográfica y pude hacer unas cuantas fotos durante las, aproximadamente, seis horas que duró mi visita. Pero esta segunda vez me concentré en el barrio histórico, y fue así que comencé mi recorrido a pie por el centro, deteniéndome en la plaza de Cervantes, donde vi su estatua. Esa plaza había sido en el pasado un mercado y el lugar donde se celebraban las corridas de toros. Fue allí donde descubrí una Oficina de Información y entré para recoger folletos turísticos sobre la ciudad. Siguiendo mi ruta por la calle mayor me tropecé con dos simpáticas estatuas de metal que representaban a Don Quijote y Sancho Panza. Me hicieron mucha gracia y tomé varias fotos de ellas. Durante mi visita del siglo anterior no las había visto, por lo que deduje que se habrían allí colocado durante el siglo XXI. Se localizaban justo delante del Museo Casa Natal de Cervantes, que visité enseguida. Esa casa, que constaba de dos pisos, se ubicaba precisamente al lado de donde había estado el antiguo hospital en el que el padre de Miguel de Cervantes (Rodrigo de Cervantes) había ejercido como médico cirujano. Ese museo dedicado a Cervantes contenía muebles de la época del escritor, su entrada era gratuita y en su interior coincidí con una escuela. El profesor iba dando explicaciones a los alumnos y yo las escuchaba atentamente para aprender cosas que ignoraba sobre el autor del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, obra que, tras la Biblia, está considerada como una de las más leídas de la literatura universal. Desde el primer piso observé una gran cantidad de cigüeñas que anidaban en todos los tejados de la ciudad.

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A unos 20 minutos caminando desde el Museo Casa Natal de Cervantes me topé con el bellísimo Palacio Laredo, de estilo neo mudéjar, el cual albergaba un museo, pero no llegué a entrar en él sino que lo admiré desde fuera. Aún visitaría, también por fuera, el Palacio Arzobispal, donde Cristóbal Colón mostró a la reina Isabel de Castilla los planos de su trascendental viaje al continente que se llamaría América, buscando su financiación. En la entrada al palacio me encontré con un grupo de turistas ingleses muy interesados en visitarlo. Más tarde, de vuelta en Madrid, averigüé que fue allí precisamente donde nació Catalina de Aragón, la hija de los Reyes Católicos, que sería reina de Inglaterra. Al enterarme de ello lamenté no haber entrado en el palacio, algo que, si regreso otra vez a Alcalá de Henares en un futuro, haré sin duda alguna. Deambulé también por el antiguo barrio judío, donde había letreros con inscripciones en lengua hebrea y un menorá (candelabro) de siete brazos dibujado. Y cuando comenzaba a hacerse oscuro regresé en autobús a Madrid, contentísimo a más no poder por todo cuanto había visto y aprendido. Al día siguiente abordé un tren que horas más tarde me depositó en mi pueblo: Hospitalet de Llobregat.

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