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Irak

Lalish (por Jorge Sánchez)

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Viajé a Lalish, el lugar más sagrado de los yazidíes, primero en autobús desde Erbil hasta una encrucijada de caminos, y luego a pie y haciendo autostop los últimos 15 kilómetros. En la entrada a Lalish vi a un guardián armado. Los yazidíes han sufrido muchos pogromos a lo largo de su historia, siendo casi exterminados, y aunque el actual gobierno de la República del Kurdistán dentro de Irak les prometió respetar su religión y forma de vida, siempre hay fanáticos que quieren matar a aquellos que no profesan el Islam, esclavizando a sus mujeres, que venden como si fuera ganado.

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Lalish está ubicado en un pequeño valle rodeado de colinas arboladas. Es un lugar bello y apacible. La forma cónica de algunos de sus edificios me recordó a las pagodas hindúes.

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Me descalcé para entrar en el recinto y entonces un guía se hizo cargo de mí para mostrarme los lugares sagrados, como la tumba del Jeque Adi, un maestro sufí nacido en el siglo XI, que realizaba milagros. Para los yazidíes, el Jeque Adi es el enviado de un ángel caído que se redimió, llamado Melek Taus, a quien representan como un pavo real.

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En la entrada a la puerta del templo principal había una efigie de una serpiente. El guía me contó que están agradecidos a la serpiente porque en la bodega del Arca de Noé apareció un agujero, pero la serpiente lo bloqueó con su cuerpo para que no entrara el agua y gracias a ello el arca no naufragó. Vi también un río subterráneo y el guía me instó a realizar allí una ceremonia con el agua, lo cual hice. Mi guía también me explicó sobre la cosmogonía del ángel Melek Taus y me presentó a Baba Cawis, el sumo sacerdote de Lalish, el equivalente al Papa del Vaticano. Todo lo que explicó el guía era de extraordinaria importancia. Estaba aprendiendo sobre una religión muy rara practicada por apenas un millón de personas.

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Al salir de los templos fui invitado a un patio donde unas mujeres yazidíes acababan de preparar una comida basada en arroz con verduras y cordero. Me uní a los hombres porque las mujeres y los niños comían aparte. Cuando terminamos nuestro almuerzo entramos en una cueva, que era una especie de punto de encuentro para tomar té y hablar. Tras ello me despedí agradecido de los yazidíes y proseguí mi viaje por Irak.

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