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Alemania

Mar de Wadden (por Jorge Sánchez)

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Tomé un tren en Hamburgo y una hora más tarde llegué a Cuxhaven, donde debía esperar mi barco hacia Helgoland, una de las Islas Frisias Septentrionales. Helgoland es una isla que tras las guerras napoleónicas fue ocupada por los ingleses, hasta que en 1890 la cambiaron a los alemanes por Zanzíbar tras un acuerdo triangular donde también participó Francia (que se quedaría con Madagascar).

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En Cuxhaven me instalé junto al puerto, al lado de un puesto de cervezas (Beck’s) y arenques (hering), que sería mi cena. Tres cervezas Beck’s me llegué a beber antes de quedarme dormido. Estaba cayendo la tarde y determiné quedarme allí a pasar la noche, dentro de mi saco. El sitio era exótico, me encontraba en la desembocadura del río Elba, había aves que sobrevolaban el lugar. El lugar formaba parte del Parque Nacional Schleswig-Holsteinisches Wattenmeer. Observé que la desembocadura del Elba estaba llena de barro, y distinguí islas en el horizonte, tanto a derecha como a izquierda. Ninguna de ellas era Helgoland, que estaba muy lejos y no se veía desde Cuxhaven; eran las islas Frisias, que se extienden desde Holanda a Dinamarca, pasando por Alemania. La longitud del estrecho entre las islas Frisias y la costa de esos tres países (Holanda, Alemania, Dinamarca) supera los 400 kilómetros, y su superficie (unos 10.000 kilómetros cuadrados) se asemeja a la de Navarra, o Asturias.

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Fue el kiosquero de los arenques quien me anunció que me hallaba ante un Patrimonio Mundial, el llamado Wadden Sea, o Mar de Frisia, o también Mar de Wadden (la palabra wad es holandesa y significa barro plano). Las aves migratorias, cuando baja la marea, pescan los peces que se quedan atrapados en el barro, hasta que se hinchan el buche y les cuesta remontar el vuelo debido al peso. A veces se ven focas, pero yo no vi ninguna ese día en Cuxhaven, aunque en Helgoland sí que vi varias. El día siguiente abordé mi barco a Helgoland atravesando el Wadden Sea. Tres días más tarde, al regresar a Cuxhaven, volví a cruzar ese mar de barro. Creo que cumplí, «visité» ese sitio UNESCO, al menos lo atravesé en barco y vi varias islas frisias, quedándome tres días en una de ellas ¿Qué más podía hacer, comprar unas botas de agua y caminar sobre el barro, como hacía cuando era niño? Pero he de confesar que la isla de Helgoland me gustó infinitamente más que el barro de este sitio UNESCO.

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