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Jorge Sánchez

Atolón Wake (por Jorge Sánchez)

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Este candidato de la UNESCO debe de ser uno de los lugares más difíciles de visitar en su totalidad, pues comprende siete islas dispersas en el océano Pacífico cuyo acceso es sólo factible para gente muy rica (personalmente conozco a media docena de viajeros, todos estadounidenses, que han estado en todas esas siete islas). Las siete islas son: Baker, Howland, Jarvis, el arrecife Kingman, más los atolones de Johnston, Palmyra y Wake.

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En el atolón de Johnston escalé en el año 1990 durante mi vuelo entre Majuro (en las Islas Marshall) y Honolulu, en Hawaii. Sin embargo, al aterrizar las azafatas no me dejaron salir del avión y pisar el aeropuerto. Pero sí que estuve un día completo en el atolón de Wake, en el año 2009. Volé en una excursión organizada por el departamento de turismo del Pentágono. La mitad de los pasajeros del avión eran veteranos de guerra de nacionalidades estadounidense y japonesa que iban a celebrar el 68 aniversario de la invasión japonesa de la isla de Wake (ocurrida en 1941). La otra mitad éramos turistas curiosos.

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La madrugada del 11 de diciembre nos embarcamos en la isla de Guam en un avión y llegamos a Wake unas 3 o 4 horas más tarde, donde nos esperaban los varios centenares de soldados la base militar estadounidense, que nos llenaron el día con excursiones a los vestigios de guerra, más a las playas y arrecifes. Fue una visita muy didáctica, especialmente para mí al ser español, ya que la isla de Wake fue avistada por primera vez en la historia por el navegante leonés don Álvaro de Mendaña en el siglo XVI.

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Hubo ceremonias, una comida picnic al aire libre, más una merienda/cena en el único bar, llamado Drifter’s Reef Bar & Grill. Luego, durante el tiempo libre hasta las últimas horas de la noche, algunos de los turistas y veteranos de guerra aprovecharon para bañarse, bucear, dormir la siesta o beber cervezas sin coerción en el Drifter’s Reef Bar & Grill. Yo no dormí la siesta, prefiriendo en cambio explorar la isla, los cañones de guerra abandonados, la iglesia católica, la tienda de souvenires, el museo, los bunkers japoneses, la placa señalando el exacto lugar donde se reunieron en el año 1950 MacArthur con el presidente Truman, y sobre todo disfrutando de la bella playa coralina y observando las aves que nos sobrevolaban, algunas de ellas eran endémicas de esa isla. Cuando llegó la hora de regresar a Guam, todos los visitantes nos sentimos tristes por abandonar ese idílico atolón.

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