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Jorge Sánchez

Catedral de Naumburg (por Jorge Sánchez)

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Desde la estación de tren de Naumburg (Naumburgo en español) ya se observaban las cuatro torres de la catedral, por lo cual no tuve que preguntar a los indígenas por su paradero. Una vez en la puerta pagué la entrada (es una de las rarísimas catedrales en Alemania donde te hacen pagar por la visita). Con el descuento de peregrino me salió por sólo 5,50 euros y me incluía un folleto más unos audífonos en uno de los dos idiomas disponibles: alemán e inglés. Me advirtieron de que la visita suele tomar una hora de tiempo, aunque yo emplearía dos horas de tantas cosas que hay que ver en su interior. Justo al pasar el portal vi una señal con una concha jacobea y la frase: Ökumenischer Pilgerweg. Se trataba de un fragmento alemán del Camino de Santiago, y era llamado Via Regia. Une las ciudades alemanas de Görlitz con Vacha, o unos 450 kilómetros de peregrinaje a pie, aunque los dos inicios son: Vilnius en Lituania, y Kiev en Ucrania.

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Lo primero que hice fue ver un vídeo documental para familiarizarme con la historia de la catedral. Era en alemán con subtítulos en inglés. En él se explicaba que el inicio de las obras databa de los primeros años del siglo XI, y en el XIII adquirió su forma actual. Fue una catedral católica hasta la Reforma Protestante, por lo que hoy es una catedral luterana evangélica advocada a San Pedro y San Pablo.

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Entré en todas partes. Apenas éramos unos seis o siete turistas en su interior, todos alemanes menos yo; todo estaba vacío. Lo más característico de esa catedral son sus esculturas del presbiterio, como las de la Pasión de Cristo, aunque la más llamativa es la correspondiente a la esposa del marqués que erigió la catedral en la serie de estatuas dedicadas a los donantes. La mujer se llamaba Uta y era preciosa. Aparecía en todas partes, en el billete de entrada que compré, en el anuncio del ingreso a la catedral, en el vídeo documental… Y es que su cara era de un realismo tal que parecía mirarte y seguirte con sus ojos adonde fueras. Como todos los turistas, yo también me quedé enamorado de esa imagen con sus labios carnosos y ojos intrigantes. El autor es anónimo, por lo que es simplemente llamado «Maestro de Naumburgo». Subí al coro alto, al del oeste, luego me fijé en el órgano, admiré el púlpito y bajé a la cripta. Tras ello descendí a la sala del tesoro donde observé cuadros de Lucas Cranach el Viejo, y allí me quedé impresionado por la perfección de la cabeza degollada de Juan el Bautista. Una vez en el claustro me fijé en una puerta donde se hallaba un peregrino tumbado, y poco más arriba unos ángeles le llamaban para que subiera por la escalera que le conducía al cielo.

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Salí de esa catedral más contento que unas castañuelas y regresé a pie a la estación de trenes silbando, siguiendo la Ruta Transrománica Europea (Strasse der Romanic), para dirigirme en tren a pasar la noche a un hotelito que había reservado en otro sitio UNESCO que visitaría al día siguiente: la encantadora Colegiata, castillo y ciudad vieja de Quedlinburg.

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