MunDandy

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Colombia

El filo de la navaja

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Cuando el avión que nos trasladaba a Bogotá se aproximaba a territorio colombiano tuvimos una primera muestra de agresividad por parte de un ciudadano de este país. El tipo que tenía a mi espalda, al cual las azafatas le habían estado sirviendo copas durante buena parte del viaje, comenzó a vituperar y a insultar a los españoles. Como no hacíamos caso, empezó a elevar el tono de voz de tal manera que el personal de la aeronave hubo de intervenir para que se calmara. Mi acompañante me había comentado un rato antes que el escritor local García Márquez sostenía que en su país las mujeres son muy guapas y los hombres muy feos. ‘Como sean todos como éste, no son tan solo feos sino bastante maleducados’, pensé.

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Cartagena de Indias es una bien cuidada localidad colonial localizada en el norte de Colombia, a orillas del Mar Caribe. Su puerto, fortificaciones y centro histórico están declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO e incluyen construcciones tan interesantes como la catedral de Santa Catalina de Alejandría, la casa de la Inquisición o el convento de San Pedro Claver. En aquellos tiempos los colombianos vivían una época de paz relativa, por lo que en la ciudad había bastante turismo exterior. Muy pronto nos dimos cuenta de que Gabo tenía razón y que en esta ciudad los monumentos no son solo de piedra. No por casualidad los concursos de belleza que en ella se celebran son los más famosos del país, de un país que rinde verdadero culto al cuerpo femenino.

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Pero volvamos a los monumentos de épocas pasadas. La construcción más característica de Cartagena de Indias es seguramente el impresionante Castillo San Felipe de Barajas, una de las mayores fortificaciones construidas por los españoles en América. Desde su adarve se contemplan buenas vistas tanto del conjunto monumental de la ciudad como de enormes barrios de chabolas en el lado opuesto. Belleza y miseria se dan la mano, como ocurre en tantos otros lugares. Destacan también las murallas, que se conservan en buen estado y dan paso al interior del recinto fortificado a través de la famosa puerta del Reloj, acceso principal a la población desde la primera mitad del siglo XVII.

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Si el viajero busca pasar unos días tumbado al sol rodeado de palmeras en una playa idílica, Cartagena de Indias no es el lugar adecuado. Por tanto, decidimos embarcarnos en una lancha rápida hasta las cercanas islas del Rosario. Es éste un grupo de diminutas islas situado al otro lado de la bahía y que hace unos años fue protegido bajo la figura de Parque Nacional. Aguas cristalinas, playas de arena blanca, vegetación tropical, excelentes condiciones para el buceo. Típica y tópica imagen caribeña la de estas islitas. A la vuelta nuestra lancha se quedó sin gasolina, así que nos vimos atrapados en medio de un Caribe que no respondía para nada a la placidez que se le supone. Por suerte, algo más tarde vinieron a suministrarnos el preciado combustible que necesitábamos para proseguir la navegación.

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Hartos ya de los locales con clientela turística, habitualmente llenos de prostitutas, decidimos aventurarnos por lugares de exclusiva afluencia local. A la entrada del primer sitio elegido fuimos minuciosamente cacheados y tuvimos que pasar por un arco detector de metales. Sorprendente para gente tan poco acostumbrada a tales menesteres como nosotros. Tras pasar un tiempo en el interior, aparece mi amigo con la cara desencajada. ‘Tío’, me dice, ‘acaban de sacarme una navaja y me han dicho que o nos largamos de aquí o nos rajan’. Salimos de allí al instante, tampoco era cuestión de hacernos los héroes. Lo intentamos en otro garito con medidas de seguridad menos disuasorias. Al poco rato se me acerca un sujeto, me muestra como acaricia un instrumento punzante y con lengua pastosa me dice que me largue. Obedecimos sin rechistar y nos dirigimos a un local de moda, donde pudimos al fin tomarnos unos tragos de ron en la agradable compañía de turistas y putas.

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