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Jorge Sánchez

Hildesheim (por Jorge Sánchez)

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Disfruté mucho de esta ciudad. Llegué a ella en tren y enseguida enfilé una calle llamada Jakobistrasse, que imaginé que era la que seguían los peregrinos hacia Santiago de Compostela. Sabía que el Patrimonio Mundial de Hildesheim lo constituían la Catedral de Santa María más la Iglesia de San Miguel, pero antes deseé conocer el centro histórico de la ciudad, que encontré muy atractivo, en especial cuando llegué a la Plaza del Mercado y entré en la Oficina de Turismo, allí mismo sita, para solicitar un mapa y folletos en español (siempre pido folletos en español, pues es la segunda lengua más hablada maternalmente de la humanidad, sólo por detrás del chino mandarín, pero superando al inglés, francés o alemán).

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Justo en esa plaza se hallaba uno de los edificios más bellos de la ciudad, la llamada Casa Gremial de los Carniceros, del siglo XVI. Fue incendiada por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, pero reconstruida 40 años después. Era una casa con entramado de madera que parecía de cuento. De hecho, esa plaza con sus casas originales sería de lo más interesante de mi día completo de visitas.

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Siguiendo el mapa que llevaba y preguntando a los indígenas pronto alcancé la Catedral de Santa María. La entrada era gratuita, como suelen serlo prácticamente todas las catedrales alemanas (cosa que no sucede en España, donde te sangran todo lo que pueden). Una de las curiosidades de esta catedral (bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial pero reconstruida más tarde) es un rosal que vive hace más de 1.000 años. Lo localicé en el claustro. Tras ello me recreé en el interior de la catedral, que daba la sensación de ser sólida, con muros parecidos a la de una fortaleza y torres masivas. No me perdí lo más interesante que me marcaba el folleto que me habían regalado, es decir, los candelabros, las puertas y columnas, la fuente bautismal, la cripta, etc.

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Tras esta catedral me dirigí a pie a la Iglesia de San Miguel, que se hallaba a apenas 100 metros de distancia, sobre una pequeña colina. Primero rodeé su perímetro y le pedí a un indígena que me fotografiara junto al signo de UNESCO. Y una vez en su interior no pude evitar exclamar: ¡caracoles! Era bellísimo, en especial su techo de madera. Los arcos y sus columnas me recordaron (no sé por qué y aunque no guarde ninguna relación) al interior de la sinagoga Santa María la Blanca, de Toledo. Aquello era asombroso, tanto que me senté en un banco a saborear la belleza y la atmósfera del lugar durante cerca de una hora. Sin duda, tanto exteriormente como por su interior, la Iglesia de San Miguel me causó una sensación más placentera que la potente catedral. En un periquete alcancé a pie la estación de trenes y me marché a proseguir mi viaje invernal para seguir conociendo más Patrimonios Mundiales de Alemania.

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