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Jorge Sánchez

Isla de Gorée (por Jorge Sánchez)

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En el puerto de Dakar abordé una “chaloupe” (chalupa), como decían los indígenas, y unos 20 minutos más tarde atraqué en la isla de Gorée. Durante medio día visité esta diminuta y tranquila isla (no hay vehículos), desde los “almacenes” donde se encerraba en condiciones crueles a los africanos, a las casas señoriales de los negreros, al monumento dedicado a los esclavos, el Museo y la Maison des Esclaves, la iglesia católica y la mezquita suní, el fuerte y el castillo, etc. Hoy se considera la isla entera como un “santuario de reconciliación”. Hice además amistad con unos rastafaris que estaban fumando unas hierbas sospechosas. Vivían allí permanentemente y vivían de las limosnas de turistas y simpatizantes con sus ideas. Me invitaron a fumar junto a ellos, pero yo decliné con gentileza.

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Portugueses, franceses y holandeses más ingleses se ocupaban de ese execrable tráfico humano, prohibido por España (aunque, por desgracia, desde la Costa Brava catalana hubo miles de malditos negreros barceloneses que, a espaldas del Gobierno español, también se ocupaban de ese tráfico). Los puertos de Lagos y Lisboa en Portugal, Nantes en Francia, o Liverpool en Inglaterra, adonde se les trasladaba antes de embarcarlos a América en barcos, es una mancha eterna de esos países. Gorée, como Hiroshima y Auschwitz-Birkenau, entre otros sitios, son visitas obligatorias para comprender mejor la naturaleza humana.

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Siento ternura por los africanos; me parecen los seres más buenos y humanos del mundo, por ello el regreso a Dakar en la chalupa lo hice en silencio, de la tristeza que me produjo lo que vi y aprendí. Desde Dakar me dirigí a la isla de Saint Louis, otro sitio UNESCO.

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