MunDandy

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Rumanía

La ciudad de la alegría

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Aunque el origen del nombre de la capital rumana no está del todo claro, parece que proviene del término bucur, que puede traducirse como alegre. Es muy probable que esa palabra etimológicamente derivase en Bucureşti, nombre local de la ciudad. Se cuenta que una ciudadela establecida por el legendario príncipe Vlad III a orillas del río Dâmboviţa allá por el siglo XV fue el germen que dio origen a esta villa, que representa a las mil maravillas el carácter rumano: alegre pero a su vez con un punto de nostalgia, de dor que es como ellos denominan a ese sentimiento tan característico. La parte más antigua de Bucarest estaba pues situada muy cerca del río Dâmboviţa y allí pueden verse aún los restos de Curtea Veche, la corte medieval de los príncipes de Valaquia.

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A partir de ese núcleo inicial Bucarest fue poco a poco expandiéndose sin perder nunca de vista el río. En aquella época el imperio otomano estaba en plena expansión hacia el interior de Europa pero no contaban con la enorme resistencia que les oponían apenas un puñado de orgullosos descendientes de los antiguos dacios, que a su vez habían plantado cara ferozmente al imperio romano. El terror que Vlad III causaba entre sus enemigos llevó a que fuera conocido con el apodo de Ţepeş, o Empalador, y su leyenda ha pasado tergiversadamente a la posteridad debido a la imaginación de un escritor que se basó en este héroe nacional rumano para crear el personaje que todos conocemos. Bucarest fue por fin arrasada por los turcos y tras su reconstrucción esa zona a orillas del Dâmboviţa empezó a ser conocida como Lipscani, donde se establecieron comerciantes, artesanos y artistas.

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Lipscani constituye aún hoy el barrio más castizo de la ciudad y sus calles concentran buena parte de ese ambiente algo bohemio consustancial a la villa. Uno de sus puntos fuertes es la cervecería Caru’ cu Bere, que desde hace casi un siglo y medio produce cerveza de fabricación propia. Más que por la calidad de la bebida o la comida que allí sirven, Caru’ cu Bere merece la pena por el encanto de este local decorado de forma tradicional, incluyendo pinturas a la manera de frescos, vidrieras y viejas lámparas. El ambiente también es excelente y aún recuerda ligeramente a lo que debió ser cuando era el lugar de reunión de los artistas de la ciudad.

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Lo que los otomanos no habían logrado en años de dura lucha casi lo consigue el dictador Nicolae Ceauşescu. Este nefasto y siniestro personaje se empeñó en redefinir Bucarest adaptándola a sus ideas comunistas y para ello puso en práctica la destrucción sistemática de viviendas y edificios históricos en la parte antigua de la ciudad. En su locura megalómana no se le ocurrió otra cosa que construir en el centro de la capital rumana el edificio más grande de Europa, solo superado a nivel mundial por el Pentágono de Washington. Para el emplazamiento de esta construcción monstruosa eligió la orilla opuesta del río Dâmboviţa, donde más de siete mil viviendas fueron destruidas y sus propietarios obligados a emigrar con el fin de hacerle sitio al engendro. El resultado es la faraónica obra llamada Palacio del Parlamento, que acumula más de mil estancias en su interior.

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La fisonomía de la orilla opuesta cambió drásticamente durante los trabajos de construcción del monstruo y pocos edificios históricos fueron respetados. Uno de ellos fue el magnífico Palacio de Justicia, situado justo en el borde del Dâmboviţa, una de esas construcciones por las que Bucarest era conocido como el pequeño París en las primeras décadas del siglo XX. Su imponente imagen reflejada en el río era la primera en percibir, al salir a la calle cada mañana, una bucarestina de preciosos ojos verdes que allí nació el día de hoy hace unos años. Y que aunque ya es una española más, aún siente a menudo dor de su ciudad, ésa que a pesar de todas las desgracias que le han acontecido, poquito a poco va recuperando la alegría que antaño le dio nombre. Feliz cumpleaños, Diana.

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