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Jorge Sánchez

Petra (por Jorge Sánchez)

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Iba viajando por Egipto y Jordania en compañía de unos diez españoles de distintas autonomías. Era el año 1988. Tras haber visitado Wadi Rum nos dirigimos a Petra. Habíamos reservado un hotel no muy lejos del sitio, donde pasamos esa noche. Por la mañana ya nos estaban esperando dos todoterrenos que habíamos contratado a una agencia de viajes para llevarnos a visitar Petra. El dueño de la agencia, muy granuja, nos instó a que también contratáramos un camello por turista para penetrar en el recinto por el desfiladero, pues si lo cruzábamos a pie -afirmó- los beduinos nos lanzarían piedras. Y nos señaló a otros turistas que sí iban a lomos de camellos y caballos. Como yo ya había estado individualmente en Petra unos años atrás y había entrado a pie, sabía que eso era mentira, así que no alquilamos ni camellos ni caballos ni burros, sino simplemente caminamos por el cañón, hasta que al realizar un giro nos detuvimos sobrecogidos al alcanzar el sitio más majestuoso y espectacular del complejo: Al Khazneh (El Tesoro). ¡Aquello que teníamos ante nuestros ojos era una de las mayores maravillas hechas por el hombre, uno de los patrimonios mundiales de UNESCO más fabulosos!

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Consistía en una especie de templo (o tal vez de tumba) excavado en la roca, con seis columnas en la entrada. En la parte alta se encontraban unos relieves que se cree representan a Cástor y Pólux, los hijos de Zeus, lo que demuestra la influencia helenista. El interior estaba vacío; no había tesoro, el tesoro era el propio templo. Nos quedamos allí una media hora como petrificados, subyugados, tras lo cual proseguimos descubriendo nuevas construcciones labradas en roca, como diversos templos, un monasterio, un teatro romano, e incluso los restos de una antigua iglesia bizantina. Cuando nos entró hambre entramos en un restaurante dentro del complejo a comer un mansaf beduino, a base de cordero con salsa de yogurt, más hummus y un té de cardamomo.

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Al acabar, disponíamos aún de unas 3 horas antes de regresar a nuestro hotel con los jeeps alquilados. Podíamos recrearnos visitando más lugares arqueológicos, pero yo les conté a mis compañeros que durante un viaje a Petra varios años atrás no me había dado tiempo a subir a visitar la tumba del Sumo Sacerdote y Profeta Aarón, el hermano de Moisés, que se localiza en la cima del Monte Hor, también llamado Harun, o en árabe: Jebel Nebi Harun (la Montaña del Profeta Aarón), pero que esa vez estaba determinado a visitarla. Y a pesar de que los indígenas del lugar me decían que lo normal en llegar a ese monte es de 3 horas de ida más 3 de vuelta, yo les aseguré que en unas 2 horas estaría de regreso, justo a tiempo para volver a nuestro hotel. Caminé todo lo rápido que pude; ya sabía el paradero de ese monte por la vez anterior. Más que caminar corría, casi volaba, y al cabo de una hora, más o menos, alcancé la cima de ese monte quedándome admirado ante la vista del santuario, tipo mausoleo, albergando la tumba del hermano de Moisés, que es venerado tanto por judíos como por cristianos y musulmanes. Pero al intentar abrir la puerta comprobé contrariado que estaba cerrada ¡Qué rabia me dio!

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Esperé durante un buen rato a ver si veía a alguien por los alrededores que me abriera la tumba, o bien que me informara del paradero de la llave. Había rendijas por donde veía el interior, pero no distinguí ninguna tumba; el mausoleo parecía estar vacío. Según los historiadores no hay seguridad de que esa tumba corresponda a la de Aarón. Sin embargo el lugar era único; la vista desde allí en lo alto sobre el horizonte era sobrecogedora; me encontraba a apenas unos metros de la frontera israelí. Tras cansarme de esperar y sufriendo por mis compañeros que me estarían esperando, inicié el regreso, pero al querer atajar dando un salto de más de 2 metros por unas piedras peligrosas, caí mal sobre una roca y me hice daño en un tobillo, pero así y todo proseguí, medio cojeando. Justo al llegar abajo me encontré con el guardián, un beduino con la llave del santuario en la mano, y se ofreció a abrírmelo. Pero yo rechacé, pues era tarde para reunirme con mis compañeros de viaje. Al final, cuando regresé al restaurante, conté el tiempo que había tardado ida y vuelta: 2 horas y media. Erré en el cálculo por sólo 30 minutos. Todos juntos regresamos regocijados al mismo hotel y a la mañana siguiente nos dirigimos al Mar Muerto para bañarnos flotando sobre las aguas.

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