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Egipto

Por narices

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Con permiso de la de Cleopatra y la de Ovidio, la nariz de la Gran Esfinge debe ser la más conocida y reconocible a nivel mundial. La falta de ella, en su caso, porque absolutamente nadie ha podido verla desde tiempos inmemoriales. No debía, por consiguiente, estar tan pegada a su poseedor como la mencionada en el soneto que el insigne Francisco de Quevedo dedicó a su furibundo rival Luis de Góngora tratando de ridiculizar su imagen. Su interés, sin embargo, está fuera de toda duda, pues a lo largo de los siglos se han sucedido las teorías que intentan aclarar la espesa bruma que envuelve el destino del apéndice nasal de la enigmática escultura.

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En realidad, el misterio se cierne sobre toda la estatua en sí, especialmente en lo referido a su origen. Casi todos los expertos coinciden en que fue obra de Jafra, faraón más conocido como Kefrén, aunque algunos se la adjudican a su padre Jufu, a quien ahora se conoce como Keops, o incluso más atrás. Sea como fuere, la Gran Esfinge lleva al menos cuatro mil quinientos años asombrando al mundo, a pesar de los problemas causados por la erosión sobre la poco resistente roca caliza con la que fue construida. Precisamente, la acción de los elementos fue la responsable de la pérdida de un trozo de unos tres mil kilos procedente de uno de los hombros de la escultura hace tres décadas. Y si ésta sigue aún en pie se debe probablemente al hecho de haber estado casi completamente recubierta de arena del desierto durante largas temporadas.

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Los enigmas planteados continúan cuando se hace referencia a la finalidad de la estatua. Pocos dudan de que su rostro representa el de Jafra, pero su verdadero propósito es todavía una incógnita. Debido a su proximidad con la pirámide que sirvió como tumba del faraón en Giza y al hecho de estar conectada con ella mediante una especie de calzada, lo más probable es que sirviera como protectora de la última morada del difunto. Sus colosales dimensiones, que alcanzan los veinte metros de altura y se acercan a los sesenta de longitud, avalarían la probada megalomanía de su autor, calificado de hereje y tirano por el historiador heleno Herodoto.

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La fascinación ejercida por la Gran Esfinge viene de muy antiguo. Los antiguos egipcios la veneraban y le realizaban ofrendas, costumbre que continuó a lo largo de los siglos. Ilustres personajes se sintieron atraídos por su grandeza. Entre ellos Napoleón, quien envió a Egipto una expedición, mitad militar y mitad científica, con el fin de conquistar el territorio y dar respuesta a múltiples interrogantes. Una antigua teoría asegura que la pérdida de la nariz vino como consecuencia de un cañonazo realizado por las tropas napoleónicas, aunque no tiene visos de ser real. Prueba de ello es la existencia de un dibujo, anterior al nacimiento de Bonaparte, donde ya se muestra a la real figura desnarigada.

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Las hipótesis con más aceptación sobre el azar de la nariz perdida se centran en dos últimamente. Una de ellas es que cayera de forma natural como producto de la erosión y sus restos no hayan sido localizados. La segunda hace referencia a un escrito del historiador al-Maqrizi, que en el siglo XV hacía responsable de la desaparición a un musulmán enfadado con la veneración mostrada por los campesinos egipcios hacia la escultura. Fuera cual fuera la causa, quienes admiramos la majestuosidad de tan grandiosa estatua deberíamos estar agradecidos. Porque contemplar la Gran Esfinge con el apéndice nasal en su sitio nunca hubiera sido lo mismo.

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