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Jorge Sánchez

Tana Toraja (por Jorge Sánchez)

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Como no encontré atractiva Ujung Pandang (hoy llamada Macasar), en la isla de Sulawesi (las Célebes de toda la vida), me marché al día siguiente en autobús a 8 horas de distancia más al norte, a Rantepao, la capital cultural y religiosa de los Toraja, con la esperanza de observar in situ las famosas ceremonias con matanza de búfalos de agua, y cómo conservan a sus difuntos en sus casas, que tienen el techo en forma de cuernos de búfalos.

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Al llegar a Rantepao me alojé en una cabaña tradicional con cuernos de búfalo y pregunté a los indígenas por tales ceremonias. Al rato me informaron de que justo al cabo de tres días se celebraría una en una aldea vecina llamada Kete Kesu. Me dio la impresión de que las ceremonias, que son funerarias, se organizan a medida, cuando los nativos Toraja notan la afluencia de muchos turistas. Cuando llegó el día me desplacé a la aldea vecina, junto a muchos turistas europeos, estadounidenses más australianos, con algún japonés que otro, y esperamos el inicio de la ceremonia. Poco a poco fueron trayendo los búfalos de agua, me pareció que había unos 30. Al parecer era una familia rica la que organizaba el rito al habérseles muerto una abuela, como me contaron, pues un pobre no posee tantos búfalos. Comenzaron a degollarlos con un machete, a lo bestia, de manera tan brutal que algunos turistas que se acercaron demasiado para tomar buenas fotografías resultaron manchados de sangre en vestimentas y cara. Además de búfalos también presencié la matanza de algunos cerdos. Los Toraja creen que el alma del difunto tendrá hambre en su viaje al otro mundo, por eso le preparan tanta carne y así se alimente durante su camino como Dios manda.

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Encontré obscena esa matanza. Pero pensé que era cultura y debía presenciarla, al menos una vez en mi vida, del mismo modo que los extranjeros que vienen a España procuran asistir a una corrida de toros. Los Toraja son en su mayoría cristianos, sobre todo católicos, aunque existe entre ellos una minoría de musulmanes y bastantes animistas que respetan sus viejas creencias, y hasta las combinan con las religiones traídas por los navegantes extranjeros. Desde siempre los Toraja cultivaban el arroz y vivían de ello, pero tras la moda del turismo ahora viven de los turistas.

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La ceremonia funeraria proseguiría varios días más, pero yo con uno tuve bastante. El día siguiente proseguí mis visitas por los alrededores de Rantepao observando las tallas de madera y las formas curiosas de sus casas tradicionales hechas de bambú, que llaman Tongkonan, más los muñecos colgando de ellas que representan a sus difuntos. Durante mis cuatro días de estancia con los Toraja probé uno de sus platos típicos que me sirvieron en el interior de un recipiente de medio coco. Se llamaba papiong (pa’piong), y estaba delicioso. Consistía en trozos de carne de búfalo mezclada con cerdo, más algunos vegetales y jugo de coco, que cocinaban sobre una caña de bambú. El quinto día de mi estancia en Rantepao proseguí mi viaje hacia las islas molucas de Tidore y Ternate, que en el pasado habían pertenecido respectivamente a españoles y portugueses (éramos vecinos y cada uno poseía una isla donde se cultivaban las especias).

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