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Jorge Sánchez

Teotihuacán (por Jorge Sánchez)

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En compañía de una viajera canadiense visité Teotihuacán a principios del año 1984. Una buena mañana abordamos desde Ciudad de México un autobús hasta el pueblo de Teotihuacán de Arista. Nuestro objetivo era pasar un día entero explorando las famosas maravillas arqueológicas del lugar. Lo primero que nos llamó la atención entonces es que el significado de Teotihuacán se traducía por algo así como Ciudad de los Dioses. Sin embargo, en la actualidad parece ser que la mejor traducción es Ciudad del Sol. Todos los monumentos discurren por la avenida, o calzada, de los Muertos. Siguiéndola visitaríamos lo imprescindible, como la Pirámide del Sol, eventualmente la Pirámide de la Luna, más los templos entre medio, tales como el dedicado al dios Quetzalcóatl (serpiente emplumada), el de la agricultura, la casa de los sacerdotes, la ciudadela, el museo de los murales, etc.

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La pirámide del Sol, de poco más de 60 metros de altura, sería lo que más nos intrigó pues había una entrada subterránea que en el pasado albergó, al parecer, la tumba de un rey. Cuando se erigió la pirámide, en la parte alta había una plataforma con un templo más la estatua de un ídolo. Según unos letreros, esa pirámide databa de alrededor del año 100 después de Cristo, aunque todo el conjunto fue abandonado a mediados del siglo VII. Ascendimos a la pirámide, pues estaba permitido, al contrario de lo que sucede en la pirámide de Keops (Egipto). En la cima vimos a varios mexicanos jóvenes que hacían una especie de ejercicios y rituales, pues creían (según nos relataron) que ese lugar era un chakra del Planeta Tierra que desprendía energía sutil. La Pirámide de la Luna es unos 20 metros más pequeña que la del Sol, pero también nos impresionó. Yo todavía no había viajado a Egipto (lo haría un año más tarde) y por lo tanto no podía comparar esas pirámides con las de Guiza, pero, según los mexicanos de los rituales, las de Teotihuacán no son inferiores a las egipcias en cuanto a tecnología y misterio. Sin embargo, hoy puedo expresar que las pirámides de Egipto me parecieron infinitamente más interesantes, laboriosas y enigmáticas. Tras las visitas nos comimos en el mercado central unos tacos al pastor con una cerveza Corona, y después regresamos a nuestro hostal de Ciudad de México para deleitarnos escuchando las serenatas de mariachis en la Plaza Garibaldi.

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