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Jorge Sánchez

Ávila (por Jorge Sánchez)

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Llegué a Ávila en autobús desde Madrid. Serían las 9 de la mañana, pero en el hotel que reservé fueron tan amables que ya me dieron la habitación a esa hora tan tempranera. Dejé mi pequeña bolsa, desayuné un café con leche más un bollo de nata y corrí a descubrir la ciudad durante un día entero. Lo primero que hice fue proveerme en la Oficina de Información de mapas y folletos explicativos para poder bien orientar mis visitas. Supe entonces que, además de la ciudad amurallada en sí, en el Patrimonio Mundial también se incluían varias iglesias, de las cuales visitaría dos (la Basílica de San Vicente y el Convento de Santa Teresa), además de un humilladero a pocos metros de distancia que se llamaba Los Cuatro Palos, para disfrutar de una vista global de las murallas desde su exterior.

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En mi ignorancia, antes de llegar a Ávila creía que las murallas que circundan esa ciudad las habían erigido los romanos de la antigüedad, pero al leer los folletos descubrí mi error: esas murallas, de 2’5 kilómetros de perímetro, se habían construido entre los años 1090 y 1099, tienen 87 torreones y 9 puertas. De entre las puertas me fijé especialmente en la que encontré más impactante: la Puerta del Alcázar, debido a que desde la infancia visitaba con regularidad el Pueblo Español, en Barcelona, y la puerta de entrada, que allí llaman Puerta de Ávila, es una copia del año 1929 de esa Puerta del Alcázar abulense.

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Precisamente comencé mis vistas por las murallas, así que compré el billete para acceder a lo alto y durante más de una hora las recorrí. No en su totalidad por todo su perímetro, como era mi intención, sino todo lo que pude ya que en cierto momento no se podía proseguir para circunvalarlas. De vez en cuando me detenía para hacer fotografías y admirar esa ciudad medieval desde lo alto. Al bajar de las murallas entré en la catedral, que estaba enclavada en las murallas. Se llamaba Cristo Salvador. La encontré interesante (todas las catedrales españolas son interesantes) pero no especial. Sigo creyendo que las catedrales más impresionantes de España son las de Sevilla, León, Burgos y Toledo.

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Fue ese un día entrañable; la ciudad de Ávila es encantadora y está preñada de iglesias románicas, góticas y hasta de estilo mudéjar, cuyas visitas te llenan de admiración, deleite y respeto. Durante ese día llegué a empacharme visitando tantas iglesias; entre pitos y flautas no fueron menos de diez. Al día siguiente tomé un autobús para visitar Alba de Tormes, donde permanecería otro día con su noche para rendir pleitesía a Santa Teresa de Jesús.

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