MunDandy

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Reflexiones

Cambio de marcha

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Hace unos años tuve la oportunidad de conocer a Tony Wheeler, el fundador de las famosas guías de viaje Lonely Planet. Durante una reunión calificada de informal, pero bastante formal en mi opinión, hizo unas declaraciones en las que arremetía contra lo que llamaba fast travelling, es decir, esos viajes en los que se recorren largas distancias en un periodo corto de tiempo. Recomendaba ser un slow traveler e incluso planteaba la posibilidad de no viajar en absoluto, todo ello con el fin de reducir la emisión de gases que contribuyen al calentamiento global provocados por los viajes en avión. También se quejaba del número creciente de viajeros que, según sus palabras, hacen que el mundo se haya vuelto un lugar menos exótico de lo que solía ser.

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Evidentemente, el señor Wheeler hablaba desde una posición de superioridad que considero inaceptable. Se trata de una persona inmensamente rica, fundamentalmente tras la venta de Lonely Planet a la BBC por un importe de muchos millones de euros, y que, por tanto, dispone de todo su tiempo y su dinero para viajar todo lo lentamente que quiera. A su edad ya ha recorrido buena parte del mundo y puede permitirse el lujo de recomendar a quien no ha viajado tanto como él que se abstenga de hacer viajes rápidos o incluso que no viaje en absoluto, para así reducir la emisión de gases y de paso mantener el exotismo de ciertas zonas del planeta.

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En general, me parece una postura cómoda y elitista. Resulta indudable que a quienes les apasiona viajar agradecerían disponer de suficiente tiempo y dinero para dedicarlo a su afición favorita. Partiendo de esta premisa podrían viajar lo lentamente que fuera necesario, sin contribuir a ese calentamiento global que, según afirman los entendidos, va a hacer del Planeta Tierra un lugar inhóspito e inhabitable. También resultaría apreciable el hecho de poder llegar a lugares donde los occidentales no hubiéramos dejado nuestra huella aún y evitar así la, para muchos molesta, presencia masiva de turistas alrededor.

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Pero este mundo ideal no existe y la realidad es bien distinta. La inmensa mayoría de quienes viajamos disponemos de recursos limitados para dedicarle a esta afición. Por consiguiente, muchas veces no queda más remedio que recorrer grandes distancias en un tiempo muy ajustado si se pretende llegar hasta ciertos lugares. Aparte de que ya prácticamente no quedan lugares exóticos en el mundo, el número de viajeros ha crecido de forma exponencial en el último medio siglo y, desde luego, discrepo profundamente con la opinión de que los viajes deban ser patrimonio exclusivo de una élite. Todos tenemos derecho a poder cumplir nuestros sueños.

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Sin embargo, salí de aquel encuentro con mister Wheeler teniendo ciertos remordimientos de conciencia. Disto mucho de ser un ecologista militante y recalcitrante, pero tampoco estoy de acuerdo con el consumismo excesivo actual que contribuye, sin duda, a que nuestro planeta sea cada vez un lugar menos bueno para vivir. Calculando someramente, me di cuenta de que ya por entonces había recorrido no menos de medio millón de kilómetros tan solo en avión. Teniendo en cuenta que el perímetro de la Tierra mide unos cuarenta mil kilómetros en su punto máximo, suponían unas catorce vueltas al mundo solo considerando ese medio de transporte. De manera que me prometí a mí mismo tratar de compensar de alguna manera el hecho de ser un viajero tan rápido. Y decidí usar el transporte público siempre que pudiera, reciclar todo lo posible, no despilfarrar energía eléctrica y, sobre todo, cambiar a una marcha más lenta cuando viajo.

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