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Rusia

Chukotka (por Jorge Sánchez)

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Viajé a Chukotka en un mes de agosto y hacía mucho frío a pesar de estar en pleno verano; en invierno las temperaturas en esa península bajan a 45 grados Celsius bajo cero. Allí tuve que esperar 4 semanas hasta que pude proseguir mi viaje a Alaska (Estados Unidos de América) cruzando el estrecho de Bering.

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No fue fácil viajar al estrecho de Bering. Una vez que obtuve el permiso militar ruso (esa zona de Chukotka es restringida y prohibida a los extranjeros y el permiso me lo concedieron los rusos tras esperar por él varios meses), además del correspondiente visado para entrar a Rusia, volé desde Barcelona (en España) hasta Moscú, y de allí días más tarde enlacé con otro vuelo a Anadyr, la capital del Distrito Autónomo de Chukotka. Tras una semana explorando esa ciudad con sus alrededores y penetrar en ciudades secretas donde se albergaban armas nucleares durante la Guerra Fría, tomé un tercer vuelo hasta Provideniya; de allí proseguí en camiones y tanques orugas de transporte a Novoye Chaplino; después a Yanrakinot, seguí por lancha a Lavrentia y más allá hasta Naukan, en el estrecho de Bering, enfrente de la península de Alaska. Había dos islas que separaban Rusia de Estados Unidos de América, llamadas las islas Diómedes. Una era rusa (Diómedes Mayor) y la otra (Diómedes Menor) era estadounidense. Pero no las visité; tan sólo las avisté por la ventanilla del avión durante mi último día en Chukotka, cuando volé desde Proviniya a Alaska.

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Los chukchi, así como los esquimales, son nómadas que viven de sus rebaños de renos y de la caza y la pesca. La familia de chukchis que conocí poseía un rebaño de 1.800 renos. Me acogieron con ellos unos días dentro de sus yarangas (tipo yurtas), en los que me mostraron un cementerio de ballenas, un islote con miles y miles de frailecillos, osos polares cruzando el estrecho de Bering, más un lugar sagrado de los chukchi y esquimales consistente en tótems de huesos de ballenas colocadas de manera vertical donde en el pasado se realizaban ceremonias chamanes, a la par que se bebía vodka y se regaba el lugar del ritual. Pero lo mejor de mi convivencia con ellos fue el día que me llevaron a cazar una morsa.

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Durante una hora los cazadores persiguieron a una familia de morsas hasta que un arpón acertó sobre una de ellas, y el chukchi que llevaba el rifle Kalashnikov la remató con un certero tiro de gracia. Fue cruel, infame, espeluznante. Una vez en la orilla le cortaron la cabeza, le sacaron los colmillos y la despellejaron. El mar se tiñó de rojo por la sangre. Quisieron regalarme un colmillo de morsa para llevármelo a mi pueblo Hospitalet de Llobregat, en España, pero decliné el obsequio con gentileza.

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Los chukchi y esquimales de Chukotka son los únicos pueblos indígenas que tienen autorización del gobierno de Rusia de capturar y comer esos animales. Su organismo necesita la carne de morsas y ballenas; sin ella no podrían sobrevivir.

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Justo cuando mi visado ruso de un mes estaba a punto de expirar abordé un avión que acertó a pasar por allá y el piloto, que era canadiense, accedió a depositarme en Nome (Alaska) por un precio moderado. La despedida de la familia de chukchis con la que conviví fue cariñosa pero triste, me entraron muchas ganas de llorar cuando el tanque me alejaba de ellos.

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