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Jorge Sánchez

Cuenca (por Jorge Sánchez)

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La primera vez que viajé a Cuenca (y también a las vecinas formaciones rocosas de la Ciudad Encantada) fue hace algo más de medio siglo y apenas recuerdo nada de ello, pues fue una visita relámpago. Me había unido en Barcelona a un viaje programado junto a cuarenta turistas españoles más. Pero ya entrado el siglo XXI volví a visitar esa ciudad y entonces pude apreciarla mejor. Iba viajando con un amigo malagueño en su coche desde Madrid a Valencia, y decidimos hacer un alto en el camino para visitar las famosas casas colgadas de Cuenca. Atravesamos el río Júcar e hicimos un alto en la Plaza Mayor para apreciar los edificios monumentales que teníamos enfrente, especialmente la Catedral, advocada a Santa María y a San Julián.

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El día anterior habíamos visitado la esplendorosa catedral de Toledo, y probablemente por ello la de Cuenca no la encontramos al principio tan atractiva, ni por fuera ni por dentro. Era sobria y simple. Sin embargo, tras media hora dentro su atmósfera me sobrecogió, sobre todo sus vidrieras. Evidentemente, la catedral de Cuenca no posee las pinturas de artistas renombrados como Velázquez, Rubens, El Greco o Goya, que exhibe la de Toledo. Pero, en compensación, la de Cuenca (la primera catedral gótica de España) es anterior a la de Toledo, y en la construcción de su nuevo claustro (durante el siglo XVI) participó el renombrado arquitecto Juan de Herrera. En cuanto a su Transparente, aun cuando no se puede comparar al maravilloso de Narciso Tomé en la catedral de Toledo, es, no obstante, interesante. Además, por un precio irrisorio me proporcionaron una audioguía que me iba explicando a cada paso todos los lugares interesantes que recorría.

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Una vez que salí a la Plaza Mayor comencé a encontrar similitudes entre las fachadas de la catedral de Cuenca y la de Notre Dame de París, que había visitado durante mi adolescencia. De hecho, varios historiadores denominan a la catedral de Cuenca “la Notre Dame española”. Ahora sí que estábamos listos para visitar el plato fuerte de Cuenca, sus famosas Casas Colgadas, y para ello nos dirigimos a un puente allí cerca, trazado sobre el río Huécar. No era la primera vez que veía casas colgantes similares, tanto en España como en poblaciones de Asia (sobre todo en la India). De hecho, aún no he visto nada más espectacular a este respecto que los monasterios colgantes del Monte Athos, en Grecia. No obstante, la vista de esas casas conquenses no me decepcionó, aunque he de reconocer que esperaba más.

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Finalmente, deambulamos por los callejones de esa ciudad defensiva y entramos a tomar un café en el Parador Nacional, que había sido en el pasado un cenobio (el convento de San Pablo). Desde allí tuvimos una vista extraordinaria de la hoz del Huécar. Antes de abandonar la ciudad compré en una tienda de recuerdos una botella en forma de las Casas Colgadas conteniendo un licor de café para regalársela a mi familia. Pero no llegaría viva a mi pueblo, Hospitalet de Llobregat. Esa misma noche, tras la cena en Valencia, mi amigo y yo nos la liquidamos entera.

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