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España

Egara (por Jorge Sánchez)

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Había visitado Tarrasa de pequeño, pues es la ciudad donde nació mi padre, y con frecuencia íbamos a ver a nuestros familiares. Pero no había visto nunca la sede episcopal de Egara. Egara era el nombre de la actual ciudad de Tarrasa en tiempos de la Hispania romana, aunque, probablemente, con anterioridad fue la Egosa de los íberos. Tuve que esperar a que la UNESCO incluyera la sede episcopal de Egara en su lista de lugares indicativos en el año 2019 para viajar de nuevo a Tarrasa, primero en Metro desde mi pueblo Hospitalet de Llobregat hasta la estación de Sants, en Barcelona, y de allí en tren hasta Tarrasa. Al llegar caminé unos pocos minutos hasta entrar en un precioso parque llamado Vallparadís. Y justo allí ya distinguí varias iglesias, que vistas desde fuera tenían un aire románico. El ingreso era barato, pero cuando iba a abonar su importe me informaron que ése era el día del espectador, por lo que los visitantes entraban gratis. ¡Qué bien! –pensé-.

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Ofrecían una visita guiada de una hora y media de duración, pero preferí descubrir el complejo mi aire. Justo a la izquierda de la misma entrada había que subir unos escalones para acceder a un centro de interpretación, donde observé una maqueta de hierro del conjunto monumental de San Pedro de Tarrasa, que está formado por tres iglesias: San Pedro, San Miguel y Santa María. Vi también en una sala un vídeo sobre la historia del conjunto monumental, en el cual se mostraban restos ibéricos, romanos y visigodos. Desde la terraza del segundo piso había una vista soberbia de las tres iglesias con un fondo de alcornoques del parque de Vallparadís, por lo que tomé varias fotografías.

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Una vez en la explanada vi mosaicos en el suelo y las tres iglesias que desde los siglos V hasta el VIII de nuestra Era fueron sede del obispado de Egara. Empecé las visitas por la más lejana, la de San Pedro, que era precisamente la más grande. Primero la rodeé por fuera casi en su totalidad (había una valla y no pude rodearla del todo) y a continuación penetré en su interior donde en uno de sus bancos de madera estaba sentado un párroco hablando con dos fieles. Hablé con ellos y me dieron varias indicaciones para no perderme lo fundamental de esa iglesia, donde cada mañana a las 8 se celebra misa. Me fijé particularmente en una capilla con una reproducción de La Moreneta (la Virgen de Montserrat). Había un órgano en su parte posterior y varias capillas más, como la de San Valentín con un bello retablo y una gran estatua de Jesucristo en la cruz. Sin embargo, los frescos del altar estaban muy difuminados, así como las demás murales, y era difícil identificar las escenas o los santos representados.

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La segunda iglesia, la de San Miguel, que funcionó como un templo funerario, fue la que encontré más encantadora en su interior, al igual que los frescos de su cimborrio y los capiteles. Descendí a su cripta y me recreé durante varios minutos leyendo los letreros, que estaban escritos únicamente en catalán (que es la segunda lengua más hablada en Cataluña, muy por detrás del español o castellano, que es la primera y abrumadoramente la más hablada en esa autonomía), pero con un poco de paciencia pude descifrar todo cuanto estaba escrito. Tras ello entré en la tercera iglesia, la de Santa María, cuyos bellos retablos más los mosaicos protegidos por vidrios me impresionaron, en especial una pintura mural románica de finales del siglo XII (según afirmaba un letrero que descifré) representando escenas del martirio de San Tomás Becket en la ciudad inglesa de Canterbury. Una vez afuera en el patio observé tumbas, pero no les presté la misma atención que a las tres iglesias. En total, la visita me tomó poco más de una hora. Tras ello regresé a mi pueblo, primero en tren y luego en Metro.

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