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Seychelles

Gigantes venerables

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Para entender los condicionantes actuales de las Seychelles hay que retroceder en el tiempo hasta situarse unos ciento cuarenta y cinco millones de años atrás. Fue entonces cuando una diminuta porción del supercontinente conocido con Gondwana se desgajó de él y vagó libre por el océano hasta quedar completamente aislada. La evolución continuó haciendo su trabajo a un ritmo pausado y con el paso del tiempo comenzaron a surgir especies propias, ésas que ahora conocemos como endemismos. Numerosos invertebrados, peces, anfibios, aves e incluso mamíferos son exclusivos de su territorio, varios de ellos en serio peligro de extinción. No se quedan atrás las plantas, siendo endémicas setenta y cinco especies entre las que destacan el escasísimo árbol medusa y el inusual coco de mar.

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Los esfuerzos de las autoridades seychelenses por proteger su característica naturaleza son muy meritorios. Aproximadamente el cuarenta y dos por ciento del territorio insular está dedicado a la conservación de las especies vulnerables, entre las que se encuentran el loro negro de Seychelles, exclusivo de la isla de Praslin y del que quedan menos de novecientos individuos, o el murciélago de cola de vaina de Seychelles, el quiróptero más amenazado del mundo. Tan concienciados están con la protección de su incomparable entorno que en el segundo atolón coralino más grande del planeta no existe población humana permanente. Sus más de ciento cincuenta kilómetros cuadrados de superficie se los reparten unos cien mil ejemplares de tortuga gigante de Aldabra.

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La tortuga gigante de Aldabra es la segunda tortuga más grande que existe actualmente en el mundo, tras la tortuga gigante de las Galápagos. Su caparazón llega a superar el metro y veinte centímetros de longitud y algunos ejemplares alcanzan doscientos cincuenta kilos de peso. Aunque resulta complicado proporcionar una cifra exacta, debido a su carácter esquivo, se considera que pueden llegar a vivir doscientos setenta años. Generalmente son herbívoras, alimentándose de hojas, tallos y frutas, pero en ocasiones consumen invertebrados o incluso carroña. Su hábitat se limita casi exclusivamente al atolón de Aldabra, donde tienen unas condiciones excelentes para su supervivencia al carecer de depredadores y no sufrir la intromisión de los seres humanos en su entorno.

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En la actualidad existen cuatro subespecies de tortuga gigante de Aldabra, cuyas diferencias son morfológicas y se limitan a la forma y la estructura del caparazón. La más abundante es Aldabrachelys gigantea gigantea, que prácticamente tan solo se encuentra en el atolón que da nombre a la especie. La denominada Aldabrachelys gigantea daudinii se considera extinta desde mediados del siglo XIX. También se creía extinta Aldabrachelys gigantea hololissa hasta que fue recientemente redescubierta, aunque solo se conservan unos pocos individuos distribuidos por varias islas del archipiélago. Por último, Aldabrachelys gigantea arnoldi es exclusiva de Mahé, aunque está siendo introducida en la diminuta North Island.

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A pesar de nuestra imposibilidad para viajar hasta el atolón de Aldabra, tuvimos ocasión de ver algunos ejemplares de la tortuga gigante homónima que viven en cautividad en Mahé. También nos sorprendimos con su presencia en la isla de La Digue, donde una veintena de ellas subsisten en un amplio cercado en el lugar denominado Union State. Tras nuestra sorpresa inicial, pudimos acercarnos a estos venerables gigantes, que no temen al ser humano e incluso no hacen ascos a comer de su mano. Ojalá alguna de ellas llegue a emular a Adwaita, tortuga gigante de Aldabra que falleció hace unos años en el zoológico de Calcuta a la asombrosa edad de doscientas cincuenta y cinco primaveras.

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