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Jorge Sánchez

Kotor (por Jorge Sánchez)

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Iba viajando por los países de la ex Yugoslavia casi de manera ilegal en unos tiempos cuando las nuevas fronteras aún no estaban definidas entre las antiguas repúblicas que comprendían ese hoy extinto país. Llegaba a Kotor desde Kosovo, mitad en autostop y mitad en autobuses, y en la frontera los soldados de las Naciones Unidas (casi todos eran italianos) no me pusieron ningún sello sobre mi pasaporte. Al ver que era español me hacían un gesto para que siguiera adelante. Era extraño. En el pasado había tenido problemas en otros países por carecer de los sellos de entrada o salida de las fronteras.

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Me quedaban dinares yugoslavos, o serbios y, oficialmente, tanto Kosovo como Montenegro en teoría todavía eran parte de Yugoslavia. Pero no me los aceptaron y tuve que pagar en euros el bocadillo de mortadela que me comí en la parte posterior de las murallas de Kotor. Usaba la lengua italiana para comunicarme con la gente, pues casi todos los locales la dominaban. Esa noche quería dormir en Tirana; no había servicios de autobuses con Albania, sólo autostop. Por ello visité Kotor por unas 4 o 5 horas, desde la madrugada, cuando llegué, hasta que me comí el bocadillo de mortadela, poco antes del mediodía.

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Me agradó mucho Kotor y su bahía, penetré por un portal de sus murallas que exhibía la bandera del nuevo país. Entré en la catedral católica, llamada San Trifón, en medio de la misa. Esperé a que acabara, comulgué y a continuación compré un cirio. Tras ello contemplé el símbolo de Kotor, además de las murallas, que representaba lo que me dijeron en inglés que era la Clock Tower (la Torre del Reloj).

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Esperé poco más de media hora en las afueras de Kotor a que un montenegrino me llevara unos kilómetros más adelante hacia el sur. En un segundo ride, al pasar por Sveti Stefan, me encantó tanto la visión de esa casi isla que pedí al conductor del coche que frenara para visitarla, cosa que hice por un par de horas. Me recordó al Monte de Saint Michel, en la Baja Normandía francesa. Tras Sveti Stefan proseguí el autostop y llegué a Tirana hacia las 11 de la noche. Los agentes de inmigración albaneses sí que estamparon mi pasaporte con un sello de entrada. Volvía a viajar de manera legal.

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