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Jorge Sánchez

Ohrid (por Jorge Sánchez)

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Llegué a Ohrid a media tarde tras haber partido de buena mañana desde Tesalónica. Iba siguiendo en autobuses la histórica Vía Egnatia fundada por los Romanos, desde la antigua Bizancio (hoy Estambul) hasta Dyrrachium (hoy Durres, en Albania), a orillas del Mar Adriático.

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Desde la estación de autobuses de Ohrid caminé unos diez minutos hasta el centro y allí una familia me propuso un cuarto en su casa por 10 euros, cosa que acepté. Además, para cenar me prepararían una sopa boba, y para el desayuno un café con leche junto a un bollo de nata. Tras dejar mi pequeña bolsa salí a recorrer el centro y buscar un supermercado junto al lago, done me compré un bocadillo de mortadela. No pude visitar nada más pues pronto oscureció; todas las atracciones turísticas estaban cerradas, así que pospuse las visitas hasta la mañana siguiente. Tras el desayuno caminé hacia la fortaleza. Por el camino encontré la estatua dedicada a los santos y hermanos Cirilo y Metodio quienes, basados en el griego, crearon el que sería el actual alfabeto cirílico, hoy utilizado por alrededor de una docena de países, como Macedonia del Norte, Rusia, Bulgaria, Bosnia, Mongolia, Ucrania, Bielorrusia, Serbia, etc.

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Pasé frente a la Iglesia de Santa Sofía, pero al estar cerrada seguí subiendo hasta la fortaleza, pero aplacé su visita hasta el mediodía, pues no me la quise perder por la perfección que observé en su arquitectura gracias a una maqueta que había junto a la entrada. Alcancé el Monasterio de San Panteleimón, o Pantaleón, también llamada de San Clemente, que fue discípulo de los hermanos y santos Cirilo y Metodio. Aún estaba cerrado. Mientras esperaba a que lo abrieran me recreé ante la bella vista del lago. Había ruinas y mosaicos por doquier y andamios que denotaban que estaban restaurando la magnificencia original del lugar. Pronto apareció un monje, un monaguillo y una chica joven que era la vendedora de souvenires. Aunque aún no era la hora prevista en el horario marcado en una nota, me dejaron entrar y pude así admirar los mosaicos, frescos, más los diversos iconos. Compré un cirio y la chica, tras preguntarme el nombre, me regaló una postal de San Jorge.

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Durante mi descenso al lago no dejé de entrar en otras iglesias, siendo la más notable la de Santa Sofía, cuyos frescos interiores me llenaron de gozo. Al entrar la tarde proseguí mi viaje a lo largo de la Vía Egnatia.

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