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Colombia

Paisaje cultural del café de Colombia (por Alberto Campa)

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En el día de hoy me encontraría de frente, cara a cara, con dos de las principales cosas que iba a visitar y saborear en Colombia. Una es su famoso café, del que ahora os cuento muchas cosas, y la otra sería la hospitalidad de un amigo, de un poleso residente en este guapo y a la vez difícil país, que me acogió desde esta noche y durante unos días con sumo cariño.

En cuanto a la primera, os voy a contar alguna cosilla del proceso para llegar a saborear uno de los mejores cafés del mundo, o por qué no decir el mejor, como transmite su eslogan. Quizás lo sea, aunque hoy en día la competencia mundial en este mercado es alta y también de mucha calidad, como pude comprobar tomando rico café en otros países visitados como Jamaica, Kenia o Nicaragua.

Cerca de Salento, de esta pequeña villa ubicada en el gran eje cafetero colombiano, hay muchas posibilidades de acercarte a grandes haciendas de café o visitar a famosos caficultores, pero yo decidía alquilar una bicicleta de montaña y descender colina abajo para encontrarme con una familia cualquiera, que se dedica en esta zona como muchas otras, a cuidar y mimar los granos de café de su cafetal para producir poca cantidad pero a su vez de una calidad excelente.

Sería a unos 1700 metros de altitud, término medio y ubicación excepcional para que crezcan las plantas del café en estas latitudes cercanas al Ecuador. La planta del café se da bien en cualquier zona donde se den cita tres factores, no muy frecuentes en todas partes: calor, altura y lluvia.

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Por supuesto que aquí en zona ecuatorial, como también en la africana Kenia, tenemos calor suficiente, pero para que no sea exagerado, necesitamos que la plantación se ubique a una altura suficiente para que sea el idóneo, y eso ocurre aquí entre los 1500 y los 2000 metros aproximadamente. Pues para alcanzarla, que mejor que estas estribaciones andinas y qué decir del tercer factor, el factor de la vida, el agua que en estas montañas a través de sus habituales pero no excesivas lluvias, hace de esta zona colombiana la conjunción mágica para un buen café.
Libardo es mi anfitrión cafetero, tiene una pequeña explotación de aproximadamente una hectárea pegada a su humilde pero cálida casa, donde vive con su mujer y su hija pequeña, que se esfuerza en hacerme ver que ella también ayuda y va a ser una experta cafetera.

La pequeña hacienda se llama Azarcia, y con ese nombre al final del proceso envasan, etiquetan y venden su casero y cuidadísimo café, que crece en su finca junto a bananos, aguacates y yuca. Pero para ello, primero hay que mantener durante unos tres meses la semilla de café hasta que crece en el semillero, esperar que crezca un poco más después de trasplantarla, y a partir de que tiene un tamaño bueno pasarla a plantar en la finca donde después de unos dos años, pueden comenzar a brotar los primeros granos, siendo la vida idónea de producción de la verdosa planta, de unos diez años. Después o se poda e injerta nuevamente, o se sustituye la vieja planta por una nueva y comienza una nueva generación de planta cafetera.

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Libardo me cuelga un cestillo para que vaya con él a recolectar los granos de café que ya se hayan puesto rojos, para así poder evitar que se los empiecen a comer unos bichejos, que hace años casi arruinan la gran producción cafetera de este país y que junto a la bajada de precios y competencia internacional, mermaron considerablemente las plantaciones. Sin embargo Libardo, atiende su hectárea como si fuera otra hija más, y en vez de usar un proceso más industrial, semana a semana recoge pocos granos, que luego pasa por pequeña maquina descascarilladora, para una vez lavado el grano y limpio, ponerlo a secar en el tejado de su casa, con un ingenioso sistema de apertura del mismo por el día para que le dé el sol, y a través de unos railes en el techo, cierre nocturno o cuando llueve, para que no se moje.

Al final tras la selección y el tueste, en cercana cooperativa se pasa a envasar y etiquetar con su nombre y con el porcentaje de calidad que emite un consejo regulador de la zona, y que en su caso alcanza el genial 87%. ¡Que orgulloso me lo cuenta, que bien sentirse así trabajando su tierra, mimando su café, y dando el pan a su familia con esforzado pero también satisfactorio trabajo! Por supuesto que antes de irme le compro un saquito de su café, tras probarlo en taza que me brinda su mujer, que me indica también que me lo lleve y lo saboreé en España con los míos. ¡Así que ya sabéis, estáis todos invitados a pasar por nuestra casa para una tacina rica!

Abandonando la finca, con menuda lluvia, que hará de esas plantas de variedad Arábigo, Caturro o en mayor volumen Castilla, de Libardo y familia, que sigan siendo muy productivas, me voy hacia el centro de Salento, donde tomaría el plato típico de la zona antes de partir hacia mi próximo destino colombiano, Cali. Ese plato es la trucha, con su sopa delante y acompañada de mazorca de maíz y yuca, que en esta ocasión degusto en un pequeño restaurante muy especial de Salento. Es la casa de comidas Eliana, donde un español que hace tres años se vino a vivir con su colombiana mujer sirve riquísimos platos. Charlo con Jesús, quien me cuenta sus difíciles inicios, pero también que hoy muchos de los viajeros que vienen a este eje cafetero pasan por aquí a comer y también a estudiar, según sus sabias y maestras indicaciones, cómo se debe preparar un riquísimo…Café de Colombia.

Ya en buseta vía Armenia, y tras unas cinco horas de viaje llegaría casi de noche a Cali, la más importante y cálida ciudad del sur de Colombia. Y como así se promociona esta ciudad tengo que decir que: CALI es CALIda, palabra que significa CALIdez, CALIdad y como no, también hospitalidad, con la que me recibe un poleso amigo en la terminal de buses de esta extensa y gran ciudad. Pero esa ya es otra guapa historia a contar otro día.

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