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Jorge Sánchez

Valle de M’Zab (por Jorge Sánchez)

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Asomaba el alba en la bella Ghardaia. Me había tomado tres días y tres noches llegar allí viajando sin parar, desde Barcelona a Almería en autocar, barco a Melilla y camiones cruzando la frontera entre Marruecos y Argelia. Era el 21 de Octubre de 1992. Ghardaia, la puerta del desierto del Sáhara, estaba poblada mayoritariamente por los mozabitas, raza bereber al igual que los kábilas y tuaregs. Los hombres, que tienen fama de ser muy hábiles para el comercio, vestían una especie de pantalones bombachos y cubrían la cabeza con una gorra de tela. Las mujeres iban completamente tapadas por una gran túnica de lana a modo de velo, a excepción de un solo ojo por el que miraban furtivamente a los extranjeros. A ellas les está prohibido viajar solas fuera de la región de los mozabitas, denominada M’Zab. Los mozabitas son bereberes refugiados que, habiendo aceptado el islam traído por los árabes, adoptaron un puritanismo riguroso que se llamó ibadismo, para diferenciarse de los invasores, que eran musulmanes ortodoxos.

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Debía esperar un día entero antes de proseguir viaje más al Sur. Normalmente, el transporte por el desierto se realiza de noche, ya que de día el extremado calor del sol llega a derretir el asfalto de la carretera. Ghardaia se halla unida a otras cuatro ciudades vecinas en medio de un oasis. Existen aún otras dos, habitadas también por los mozabitas, a unas docenas de kilómetros de distancia. Al conjunto de todas ellas se le conoce por «Las Siete Ciudades Milenarias», y en verdad constituyen uno de los principales atractivos turísticos de Argelia. Estudié que el nombre de Ghardaia significa: la gruta de Daya, nombre éste de una lozana moza que, viajando en una caravana por el desierto, fue abandonada en un oasis al quedarse embarazada, por lo que debió buscar refugio en una gruta o «ghar». Un día entre los días acertó a pasar por allí un jeque para abrevar sus camellos cuando, en la noche oscura, distinguió fuego que salía de una gruta y, creyendo que se trataba de un «jinn» o duende, envió a su esclavo a inspeccionar y a su vuelta le informó que se trataba de una hermosa joven. El jeque, entusiasmado por su descripción, despachó de nuevo a su esclavo para proponerle el matrimonio.

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Como disponía de bastante tiempo, tras visitar el agitado zoco y la mezquita característica de la ciudad, asentada sobre una colina piramidal a la que se accede por estrechos callejones, me dirigí a la vecina y sagrada Beni Isguen, ya que los mozabitas me habían asegurado que allí encontraría el mercado más original del país, donde los vendedores, para ofrecer sus productos al público, hacen uso de la técnica más antigua de la humanidad: el grito. Al llegar declaré que sólo iba a asistir al mercado y los porteros me dejaron pasar, puesto que la visita al resto de esa ciudad amurallada se halla off limits a los extraños, sean o no argelinos, salvo si te acompaña un guía local mediando una propina. Me senté sobre un bordillo y esperé. Poco a poco arribaban los mozabitas, algunos montados en burro, portando artículos tales como una lavadora de tercera mano, una sartén vieja, un somier prehistórico, una pata de silla, mandarinas, granadas, jaulas, ratoneras, peines y cosas baratas de manufactura china en general, anunciando acto seguido los precios a viva voz.

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Uno de los espectadores era un nativo de Orán que orgullosamente me declaró que era kábila y, como todos los argelinos, también se mostraba muy amable con los extranjeros, por lo que pronto iniciamos la conversación. Me explicó que la raza bereber proviene del Este de África, de donde se expandió hacia el Oeste hace varios milenios llegando hasta la Península Ibérica. Él consideraba que los iberos son también descendientes, por la similitud del color de la piel así como incluso del nombre: bereber – iber – ibero. Pertenecía a una asociación pro-defensa de los derechos de las razas minoritarias, y entre ellos utilizaban el francés como primera lengua extranjera, a pesar de que todos conocían asimismo el árabe. ‘Sí –me contaba el joven kábila–, son muy pocas las cosas que se conocen sobre mi raza, o mejor dicho, nuestra raza, puesto que tú eres celtibérico. Para los extranjeros somos simplemente musulmanes, o erróneamente nos clasifican bajo el término de «árabes». Sin embargo, los bereberes somos herederos de una avanzada y antiquísima cultura. Bereberes fueron también los guanches que poblaron las Islas Canarias donde construyeron pirámides hoy cubiertas por la tierra y, probablemente, nuestros antepasados llegaron a América muchos siglos antes que Colón. Tú, que te dispones a realizar un viaje de búsqueda por África, te sugiero que no seas superficial y consideres cuanto te expongo. Verás incluso que la lengua latina está emparentada con nuestro «amazigh» bereber.’ Tras esa corta estancia en la grata Ghardaia el viaje proseguía en camiones cargados de dátiles a lo largo de la ruta «transahariana» vía El Golea e In Salah, antiguo mercado de esclavos y la ciudad más calurosa del país, hasta Mali, adonde llegué muchos días más tarde tras sortear varios peligros fastidiosos.

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