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Lituania

Vilnius (por Jorge Sánchez)

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He visitado Vilnius (me cuesta escribir Vilna en español) en dos ocasiones, una durante la Unión Soviética y la otra (en el año 1996) cuando Lituania ya era un país independiente. La segunda vez me pareció más sugestiva pues estuve libre para descubrir la ciudad a mi aire. Llegué a Vilnius por la noche, en tren, y lo primero que hice fue abordar un tranvía a un hostal céntrico del cual ya tenía nota para pasar esa noche, y dedicar el día siguiente para revisitar la ciudad. Todavía recuerdo que se llamaba Filaretai y me asusté cuando el recepcionista se fue a medianoche y cerró la puerta tras él, ya que era el único cliente en todo un gran dormitorio vacío.

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Lituania, al igual que Polonia, es un país mayoritariamente católico; incluso en el pasado estos dos países formaron entre la segunda mitad del siglo XVI y finales del XVIII una confederación llamada Rzeczpospolita, y llegaron a dominar un gran territorio desde el mar Báltico a las puertas del mar Negro, comprendiendo partes de la actual Ucrania, Bielorrusia, Letonia, Lituania, Moldavia, Rumanía, oeste de Rusia, y hasta la costa de Suecia. Aunque ya antes, durante el siglo XV, el entonces Gran Ducado de Lituania llegó a ser el país más grande de Europa. Como hasta la medianoche no viajaría en autobús hacia Minsk (Bielorrusia), dispuse de un día bien completo para revisitar Vilnius, y, naturalmente, al ser Lituania un país católico las visitas las dirigí preferentemente a sus iglesias, por lo que comencé el día entrando en la catedral y después en la universidad, que fue fundada por los jesuitas en el siglo XVI. Cuando visité la Iglesia de Santa Ana me enteré de la anécdota según la cual Napoleón se enamoró de ella y quiso llevársela a París, ladrillo a ladrillo.

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Durante mi deambular por la parte histórica de la ciudad me tropecé por casualidad con la sinagoga, la única superviviente de las más de 100 que llegó a albergar Vilnius antes del Holocausto (A Vilnius se la conocía como la Jerusalén de Lituania). Se llamaba Sinagoga Coral y su estilo está clasificado como románico-mudéjar. Estaba cerrada. Intenté encontrar al rabino para que me abriera la verja, pero por más que grité nadie me contestó; no había nadie en su interior. Cuando me iba, a los cuatro pasos me encontré con un monumento dedicado a un huevo gigante pintado sobre una columna. Pregunté a los nativos por el significado (pensaba que sería un huevo de pascua de los que se encuentran en los países ortodoxos) y una indígena me explicó que ese huevo había sido traído de una república de risa que sus habitantes, casi todos jóvenes filósofos y artistas, llaman República de Užupis, y se encontraba en el casco medieval.

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Como aún tenía mucho tiempo antes de que oscureciera, hacia allá me dirigí. Al llegar, Užupis me recordó al barrio hippie de Christiania que había visitado años atrás en Copenhague (aunque Užupis me pareció más higiénico). Me enteré entonces allí de que esa autodenominada república de Užupis tiene una constitución y varios de sus estatutos son:

– Todos tienen derecho a morir, pero no es su obligación.
– Todos tienen derecho a equivocarse.
– Todos tienen derecho a ser perezosos y a no hacer nada.
– Todos tienen derecho a amar y proteger un gato.
– Todos tienen derecho a darse cuenta de su irrelevancia y de su grandeza.
– Todos tienen derecho a no ser amados, pero no necesariamente.
– Todos tienen derecho a celebrar o a no celebrar su cumpleaños.
– Todos tienen derecho a no tener ningún derecho.
– Nadie tiene derecho a usurpar la eternidad.

Y un largo etcétera.

Cuando se hizo la hora caminé a la estación de autobuses y viajé a Minsk.

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