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Jorge Sánchez

Atsinanana (por Jorge Sánchez)

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Visité Madagascar en tiempos tumultuosos, en el año 1995, en vísperas del incendio provocado del Palacio de Andafiavaratra. Y cuando el cónsul español en Antananarivo me avisó de que tuviera cuidado en el mercado de Analakely porque acaban de asesinar a un turista español para robarle, resolví que era la hora de marcharme al tranquilo sur a visitar baobabs y lémures.

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Mi primer destino fue Fort-Dauphin, ciudad conocida hoy como Tolanaro. En el patio de mi hotel unos jóvenes me propusieron una excursión al vecino Parque Nacional de Andohahela donde, me aseguraron, vería muchos lémures. Varios de los turistas alojados en el hotel, todos mochileros, también se apuntaron y salimos temprano en una furgoneta al día siguiente. (El Parque Nacional de Andohahela, junto a varios parques malgaches más, sería declarado patrimonio mundial en el 2007, o 12 años tras mi visita).

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Tras pocos minutos de entrar al Parque Nacional de Andohahela ya empezamos a ver lémures trepando y saltando por entre las ramas de los árboles; algunos hasta se colgaban de una rama por el rabo, y todos los turistas estábamos entusiasmados, reíamos y hasta se nos caían las lágrimas del gozo de ver a esas criaturas tan encantadoras. Iban en grupo; los lémures viven en familia y las hembras siempre son fieles al marido, a quien dominan. La flora del parque también era peculiar, pero a mí lo que más me interesaba era ver lémures por primera vez en mi vida. Yo creía que los lémures eran endémicos de la isla de Madagascar, la cuarta más grande del mundo (tiene una superficie mayor que España) tras Groenlandia, Nueva Guinea y Borneo, pero estaba equivocado, pues años más tarde, al visitar las islas Comoras, volví a ver lémures.

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En la excursión teníamos el almuerzo incluido, y alrededor de las 4 de la tarde nos devolvieron a nuestro hotel. Todos los turistas estábamos regocijados hasta el máximo de los extremos. De Fort-Dauphin me desplacé a Toliara, donde permanecí unos días, y tras ello viajaría al noreste del país, a la idílica isla de Sainte-Marie, o Nosy Boraha (cuya iglesia católica está incluida en la lista indicativa de UNESCO). Una vez de vuelta en Antananarivo volé a Barcelona, en mi querida España.

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