MunDandy

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Palaos

El príncipe negro

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Cuando el buque Antelope encalló en el arrecife coralino que protegía aquella pequeña isla con aspecto de desierta, el capitán Henry Wilson no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espina dorsal. Había partido dos años antes en una expedición comercial que le llevó hasta las Indias Orientales por la ruta del Pacífico. Tras doblar el cabo de Hornos consiguió llegar a Filipinas y desde allí a Macao y Calcuta, lugares elegidos para efectuar sus transacciones. Volvió de nuevo a Macao para solventar los últimos flecos, poniendo proa una vez resueltos éstos hacia la inmensidad del Pacífico con la intención de retornar a Inglaterra. Y entonces sucedió el naufragio.

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La desolación no tardó en hacer mella en Wilson y sus hombres. Habían quedado aislados en una isla remota y desconocida, que no aparecía en sus cartas de navegación, y no veían como salir de allí. La aparición en el horizonte de pequeñas embarcaciones con forma de canoa, que se desplazaban raudas en dirección a su nuevo hogar, los puso en alerta. Antes de emprender el viaje, Wilson se había informado sobre los muchos peligros que su tripulación podía correr. Y uno de ellos, habitual en aquella zona del Pacífico, era la presencia de cortadores de cabezas. Cuando aquellas extrañas falúas se encontraban cerca del arrecife y los tripulantes se hicieron visibles a sus ojos, los náufragos se echaron a temblar.

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Los palauanos tienen fama de ser unos de los mejores navegantes del mundo. El mar representa su entorno vital y llegan a mimetizarse con él a la perfección. Consideran los entendidos que estas islas, la parte occidental de las Carolinas, fueron habitadas por primera vez alrededor del tercer o cuarto milenio a.C. por colonos procedentes de Filipinas o Indonesia, aunque el origen de la población actual es probablemente melanesio. Es posible que el primer europeo que las avistara fuera Gonzalo Gómez de Espinosa, quien a comienzos del siglo XVI formaba parte de la expedición de Magallanes que completó la primera vuelta al mundo conocida, concluida bajo el mando de Elcano tras la muerte de aquel en la isla de Mactán.

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Aunque los náufragos entonces lo ignoraban, habían encallado en la isla de Ulong, separada del grupo de las Chelbacheb por el canal Ngerumekaol. Al otro lado de éste se halla Ngeruktabel, la más grande del archipiélago, y algo al norte se encuentra Koror, la más poblada entre las casi trescientas cincuenta islas que componen el actual estado de Palaos. De allí parecían proceder las embarcaciones, comandadas por un personaje tatuado de arriba abajo a quien el resto de los nativos se dirigían como ibedul en señal de respeto. Su nombre real era Abba Thule y, por suerte para los europeos, el canibalismo no era una de sus aficiones preferidas. Bien al contrario, Wilson y sus hombres fueron acogidos con enorme respeto y tratados como invitados especiales.

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Tras un tiempo disfrutando del relax isleño, Wilson expuso a Abba Thule su deseo de volver a Europa. El ibedul mostró su disposición a ayudarlo en la tarea de construir una nueva embarcación a cambio de que Lee Boo, su segundo hijo, lo acompañara. La intención del dirigente era que su joven vástago se formara en tierras británicas y retornara para sustituirle. Pronto estuvo listo el nuevo barco, para el que se reutilizaron materiales procedentes del Antelope, además de otros existentes en las islas. Después de unos meses de navegación, llegaron a Portsmouth en el verano de 1784 y Lee Boo fue alojado en casa de Henry Wilson y su familia. La alta sociedad londinense pronto lo bautizó como el príncipe negro y fue acogido con tanto entusiasmo que frecuentemente era invitado a reuniones, comidas y todo tipo de celebraciones. Lamentablemente, el hecho de ser probablemente el primer habitante del Pacífico Sur en llegar a Europa le pasó factura, falleciendo de viruela seis meses más tarde. No pudo, por consiguiente, volver a contemplar los maravillosos atardeceres característicos de su añorada tierra palauana.

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