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Jorge Sánchez

Quedlinburg (por Jorge Sánchez)

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Esta pequeña población de Quedlinburg (con poco más de 20.000 habitantes) me pareció de cuento. Llegué a Quedlinburg sobre las 2 de la tarde, así que aprovecharía un par de horas de sol (era invierno) antes de buscar alojamiento para conocer la parte vieja, y proseguiría las visitas al castillo y otros sitios de los alrededores al día siguiente. No había hostales económicos en Quedlinburg (tipo Youth Hostels), pero gracias al empleado de la Oficina de Turismo (en la Plaza del Mercado) me pude alojar en un casa particular donde su dueña, de más de 80 años, me trató como a un hijo, y por poco más de 20 euros me ofreció una cama con un buen desayuno típico alemán.

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Como llegué a Quedlinburg en autobús (en tren es complicado y se han de hacer varios transbordos viniendo de Turingia, como fue mi caso), lo primero que me encontré al entrar en la villa a pie fue la Iglesia de San Nicolás, cuyas dos torres distinguí desde lo lejos. No era una iglesia especial, aunque según un letrero en alemán es un ejemplo del gótico temprano y aunque se ignora su fecha de construcción ya fue mencionada en el año 1222. Sus torres medían 72 metros de altura. Empleé unos 20 minutos en su interior y me dio tiempo de comprarle un cirio a un vicario.

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Lo mejor de esas 2 horas de exploración fue la Plaza del Mercado y su ayuntamiento. Al principio el ayuntamiento parecía una casa abandonada pues no vi luces en su interior y sus ventanas y puertas estaban llenas de plantas y hierbajos. Pero tras fijarme un rato lo encontré un edificio muy original y bello. Casi todas las casas eran de entramado de madera lo que les otorgaba un aire medieval, encantador. Me parecía haber retrocedido en el tiempo.

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Cené un buen gulash caliente para combatir el frío, antes de subir al piso de la señora octogenaria. Por la mañana y hasta el mediodía me dediqué a visitar el castillo sobre la colina, más la colegiata, que no estuvieron mal, y para ello me apunté a una excursión en un trenecito que me ofrecieron en la Oficina de Turismo. Pero lo más encantador que recuerdo de Quedlinburg fue la parte vieja medieval. Tras Quedlinburg me dirigí en tren a un poblado de Renania del Norte-Westfalia para quedarme unos días en la casa de un amigo ciclista (Heinz Stücke), que está considerado uno de los tres mejores viajeros del mundo de todos los tiempos.

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