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Estados Unidos

Estatua de la Libertad (por Jorge Sánchez)

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La Estatua de la Libertad fue el primer patrimonio mundial que visité en Estados Unidos de América y lo hice el día semanal que tenía libre, en los tiempos cuando estaba trabajando de busboy (ayudante de camarero) en un restaurante puertorriqueño de Greenwich Village. Y volví de esa excursión a media tarde la mar de regocijado. En el puerto abordé un ferri que hacía el siguiente recorrido triangular: Manhattan – Liberty Island – Ellis Island – Manhattan, con la ventaja de que por el mismo precio uno podía también visitar la isla Ellis, cosa que haría, pues había allí un museo dedicado a la inmigración.

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Al acercarte en el ferri la visión de la Estatua de la Libertad con su antorcha tan mítica te llega a emocionar. Una vez que desembarcamos todos los turistas hacían fotos junto al pedestal. Allí mismo aprendimos que la estatua fue un regalo de Francia a los Estados Unidos de América en 1886 al cumplir 100 años de su declaración de independencia de Inglaterra. El famoso ingeniero francés Gustave Eiffel fue el diseñador de su estructura interna. Tuve que pagar un extra para subir a la corona, pero una vez allí arriba la visión de la isla de Manhattan era extraordinaria.

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Aunque no tenía muchas expectativas cuando descendí en la isla Ellis para entrar en el Museo de Inmigración, al visitarlo de inmediato cambié de opinión pues era muy didáctico. Allí explicaban la llegada de los millones de inmigrantes de prácticamente todos los países del mundo para pasar la aduana. Además del museo en sí con documentos, fotografías, maletas y trebejos que traían los inmigrantes, había un antiguo hospital donde se cuidaban a los que llegaban enfermos, más una sala de dormitorio y una bola del mundo con los países de procedencia de los inmigrantes. Algunos de los visitantes de ese día que habían venido conmigo en el ferri, con toda probabilidad estadounidenses, lloraban de emoción antes algunas imágenes pues imaginaban cómo debían haber llegado sus antepasados en barco a América. En verdad era cierta la frase que acababa allí de leer que decía (más o menos como la recuerdo, pues visité la isla Ellis en el año 1983): ‘Quien odia a los Estados Unidos de América odia a la Humanidad, pues en los Estados Unidos de América conviven todos los pueblos y razas del mundo’. Había viajado a Estados Unidos de América con la idea de transitarlo lo más rápidamente posible camino de México, pero a los dos días, al comprobar la belleza del país y la generosidad de sus gentes, acabé recorriendo todos sus 50 estados y permanecí en él durante todo un año seguido entero. México tuvo que esperar.

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