MunDandy

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Irán

Así habló Zaratustra

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A pesar de que resulta imposible de cuantificar, se calcula que en el mundo existen varios centenares, quizás algún millar, de árboles milenarios. También es difícil saber cual es el más viejo de todos ellos, pero numerosos expertos coinciden en que se trata de un ejemplar de pino longevo de casi cinco mil años. Conocido como Matusalén, se considera que tan venerable anciano es el organismo vivo más antiguo que se conoce y, con el fin de protegerlo, su localización exacta es secreta. Tan solo se sabe que está radicado en algún punto montañoso situado en la zona oriental del estado de Nevada, al suroeste de los Estados Unidos de América.

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Que los árboles son los organismos vivientes más antiguos resulta de sobra conocido. Los más longevos pertenecen a una selecta variedad de especies, entre las que destacan la subespecie de pino anteriormente mencionada, el cedro, el alerce, el tejo, el castaño, el olivo y el ciprés. El árbol más viejo de Europa parece ser un tejo de Gales que se acerca a los cuatro mil años, seguido de un olivo de Creta que cuenta con más de tres mil. En España tenemos que conformarnos con un tejo de Cazorla plantado en la época romana y que se considera que se acerca o supera por poco los dos milenios de vida.

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No era yo demasiado consciente de adonde me dirigía cuando me propusieron acercarme hasta la ciudad iraní de Abarkuh. Situada en la provincia de Yazd, cuenta con cerca de treinta mil habitantes y no resulta demasiado conocida para los visitantes, mucho más proclives a llegar hasta otros lugares más renombrados en tierras persas. De camino hacia este lugar, no pude menos que sorprenderme ante la imagen de un águila gigantesca preparando sus alas para levantar el vuelo. En realidad, no se trata de un ave rapaz de monstruoso tamaño, sino de la montaña llamada Oghab Kooh, cuya traducción es algo así como montaña del águila y cuya similitud con la referida acción resulta asombrosa.

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Aunque lo que convierte a esta población en atrayente para los iraníes no es un ave, ni siquiera una montaña, sino un árbol. Localmente denominado Sarv-e Abarkuh, es decir, ciprés de Abarkuh, se trata de un ejemplar de ciprés mediterráneo considerado el segundo árbol más antiguo del mundo. Según diversos expertos contaría con más de cuatro mil años de vida, datación que, de ser correcta, lo dejaría a la par en antigüedad con las famosas pirámides de Giza. Sería coetáneo pues de la civilización sumeria y sus ramas habrían visto pasar bajo ellas a medos y persas, aqueménidas y sasánidas, mazdeístas y musulmanes sin inmutarse un ápice.

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Cuenta la leyenda que fue el propio Zaratustra quien plantó este árbol majestuoso. Esta afirmación resulta bastante inexacta, como lo prueban los sistemas de medida actuales, que lo sitúan aproximadamente un milenio antes que el creador del zoroastrismo. No importa. El influjo que ejerce este anciano venerable sobre quienes hemos tenido la fortuna de acercarnos hasta él trasciende lo puramente estadístico. Nada más situarme bajo su copa y admirar su voluminoso perímetro pude apreciar el aura que lo envuelve y la sabiduría que destila. Y me convencí de que, a pesar de no haber sido plantado por Zoroastro, llegó a ejercer una gran influencia sobre el profeta, quien se limitó a mostrar al mundo las enseñanzas que el entonces ya viejo ciprés le transmitió.

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