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Francia

Aviñón (por Jorge Sánchez)

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He tenido la suerte de visitar Aviñón con su Palacio de los Papas al menos en cinco ocasiones, y además gratuitamente al hablar francés, pues iba acompañando a un grupo de clientes extranjeros de mi hotel desde Lloret de Mar (Gerona), donde trabajaba de friegaplatos, hasta nuestro hotel colega en Niza, y regresaba al día siguiente a la Costa Brava con un grupo diferente de turistas. El chófer del transfer (como llamábamos a ese servicio de traslado de clientes) siempre hacía a la ida una parada de 2 horas en Aviñón, tiempo que se aprovechaba para estirar las piernas, comer algo y de paso visitar un poco la ciudad.

La mayoría de los clientes se entretenían por las callejuelas para comprar suvenires como saquitos rellenos de lavanda, jaboncitos, perfumes y otras cosas típicas de la Provenza, y se quedaban a hacer fotografías frente al famoso Pont St-Bénézet, puente roto sobre el río Ródano que ha inspirado una famosa canción infantil.

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Pero los turistas más inquietos culturalmente me pedían llevarlos al Palacio de los Papas, cosa que hacía, y les ayudaba a comprar los billetes. A partir de 10 clientes de pago nos regalaban una entrada gratuita, que yo aprovechaba y me la quedaba para entrar con ellos para traducirles los letreros del palacio.

Ese palacio es descomunal, colosal, y tan sólido que sus muros alcanzan hasta 5 metros de espesor; fue en la Edad Media el edificio gótico más grande de Europa. Fue habitado durante gran parte del siglo XIII por siete papas, y después por dos antipapas, siendo el último antipapa nuestro Papa Luna, nacido en Aragón, al que lo echaron de Aviñón y se refugió en el castillo de Peñíscola.

Cerca de una hora nos tomaba siempre recorrer el palacio con todas sus salas, y a la salida: ¡sorpresa! junto a la tienda de suvenires había una bodega simpatiquísima, donde por 5 euros nos daban a degustar unas tapas de queso más 4 variedades de vino de Borgoña, entre ellos el vino tinto favorito de los Papas, el Grand Cru Bourgogne, elaborado con uvas pinot noir. Además, nos regalaban a todos un tastevin, o catavinos en español, que es un utensilio metálico en forma de concha con el que el sumiller prueba el vino y lo evalúa.

Siempre, al salir del palacio, cuando regresábamos al autobús para proseguir nuestro viaje a Niza, los turistas y yo, debido a la degustación de los ricos vinos, íbamos cantando por el camino:

‘Sur le pont d’Avignon on y danse, on y dance
Sur le pont d’Avignon on y dance tous en rond..
… lalala… lalala…’

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