MunDandy

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El viaje de mi vida

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De una manera u otra, cualquier individuo experimenta, bien sea disfrutando o bien sea sufriendo, un viaje iniciático a lo largo de su vida. El ámbito en el cual se lleva a cabo no tiene por qué estar relacionado con el puramente viajero en sí, sino que puede circunscribirse a la literatura, a la astrología, a la filosofía, a la religión o incluso al uso de drogas como el LSD o la ayahuasca. Todo este cúmulo de circunstancias vitales es de sobra capaz de llevar a la persona a una toma de conciencia, a un pálpito de su propia realidad o incluso a un convencimiento de la misión a la que el ser humano está destinado o predestinado durante su paso por el Planeta Tierra.

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Dicho esto, ciñámonos en exclusiva al ámbito de los viajes. Tras cerca de dos décadas moviéndome de un lado para otro, no podía esperar que aquel verano de 2008 estaba destinado a experimentar el que sin duda fue el viaje de mi vida. No debe confundirse esta definición con la del viaje de la vida, que refiere un concepto mucho más amplio al que algún día espero poder prestar la debida atención. Retomando el hilo del relato, sin saber muy bien como nos encontrábamos en Corea del Sur, dispuestos a recorrer durante unas seis semanas algunas islas del Pacífico Sur que nos resultaban tan desconocidas como atrayentes.

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Tras una breve parada en la isla de Guam, arrebatada de las manos españolas gracias a las habituales intrigas yanquis, aterrizamos en el estado australiano de Queensland. A pesar de los australianos, gente considerablemente estricta y hasta agresiva me atrevería a decir, la zona de Cairns y alrededores me resulto interesante aunque sobreexplotada. Tras diversos recorridos por el espectacular bosque lluvioso local nos dirigimos hacia Melanesia, haciendo parada en Fiji. Viti Levu es una isla un tanto esquizofrénica, con una parte exuberante y otra deforestada. Esquizoide lo es también la sociedad fijiana, con dos etnias bien diferenciadas que viven de espaldas la una a la otra.

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Polinesia nos esperaba y hacia allí pusimos proa. Tonga me pareció un remanso de paz y Fa’fa una suerte de paraíso en la Tierra. Sus habitantes destilan religiosidad por los cuatro costados y resulta imposible sacarlos de sus casillas. Cruzando la línea del cambio de fecha llegamos a tierras samoanas, concretamente a la isla de Upolu. Paisajes espectaculares, vegetación de lo más exuberante que he visto, cascadas de una belleza increíble, playas impresionantes. Me resultó duro decir adiós a Samoa, uno de mis países favoritos en el mundo, pero teníamos que volver a Melanesia. Nada más llegar a Guadalcanal, en las Islas Salomón, me di cuenta de que aquello no tenía nada que ver con lo anterior. Islas Salomón es África en plena Oceanía. A cada paso que daba o cada esquina que doblaba me reafirmaba en esta idea.

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Tras abandonar el aeropuerto de Honiara retornamos a Guam, dispuestos a adentrarnos en Micronesia. La primera parada fue Palaos, con sus extraordinarias Islas Chelbacheb, donde pueden descubrirse interesantes lugares desconocidos en el resto del mundo. Le siguió el que quizás fue el plato fuerte del viaje: la minúscula, alejada y exótica isla de Yap, donde parece que el mundo se ha detenido. Salvando las distancias, llegar a los Estados Federados de Micronesia supuso una especie de éxtasis tras el cual la única opción era volver. Y así lo hicimos, vía Guam de nuevo, para retornar a tierras coreanas. Una vez en ellas fui consciente de que el viaje de mi vida había concluido e iba a ser muy complicado que la vida me diese la oportunidad de repetirlo. Aunque, mientras haya vida hay esperanza.

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