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Irak

Erbil (por Jorge Sánchez)

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Fue más fácil y barato de lo esperado penetrar en el Kurdistán Iraquí. Había pasado la noche anterior visitando Mardin y los monasterios cristianos sirios de los alrededores. Por la mañana me embarqué en un autobús con destino a Slopi, donde esperé hasta que un taxi se llenó de pasajeros y me fui con ellos a la frontera. Allí los oficiales iraquíes me estamparon de manera gratuita un sello con un permiso de estancia en el Kurdistán Iraquí de 15 días. Eso sí, no podría cruzar al otro lado del país, cuya capital es Bagdad. Una vez en Iraq cambié euros por dinares, a razón de 16.000 dinares por 1 euro. Y acto seguido abordé otro taxi compartido hasta Duhok, y aún otro más hasta Erbil.

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Por el camino vi multitud de camiones y tractores que transportaban refugiados, sobre todo mujeres y niños kurdos que huían de Mosul. Entré en el zoco de Erbil, en cuyo interior encontré un hotel básico pero suficiente para mí. Dejé mi pequeña bolsa y salí a explorar la ciudad. Subí a la ciudadela, cuya visión desde el centro de Erbil era imponente, espectacular, inspiraba aventura, la asociaba a las películas de moros y cruzados que había visto de pequeño en el cine. Unos letreros indicaban en árabe e inglés el camino para ascender arriba, a la ciudadela amurallada. Entré por la Ahmed Gate.

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Adentro vi mezquitas, una tienda de suvenires (alfombras, lámparas de Aladino, y quincallería en general). Y había un guardián que no me dejó ver mucho más que una mezquita, un jamán y algunas casas deshabitadas. Me contó que en el interior solo vivía una familia, y se estaba reconstruyendo la ciudadela gracias al dinero que aportaba UNESCO para hacerla más atractiva para los turistas. Letreros en árabe y en inglés prohibían el paso al interior de la ciudadela. Me quedé desilusionado. Había leído que Erbil era una de las ciudades más antiguas de la Humanidad habitadas permanentemente, junto a Tabriz, Jericó y algunas más. Pero allí solo vi a un hombre y nadie más.

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Por lo menos, las vistas desde la ciudadela eran majestuosas. Al rato aparecieron dos viajeros de Finlandia que acababan de llegar de Irán y se dirigían a su país tras haber realizado una larga vuelta al mundo. Me uní a ellos y descendimos al bazar para beber algo, a pesar de que estábamos en el sagrado mes musulmán del Ramadán, pero a nosotros, como extranjeros, se nos permitía todo. La temperatura debía superar los 45 grados centígrados, por eso teníamos mucha sed.

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El día siguiente me paseé con los dos finlandeses por el zoco y descubrimos mejor la ciudad a pie. Y al otro ellos entrarían en Turquía y yo viajaría en autostop a Lalish, la sagrada ciudad de los Yazidíes para intentar aprender un poco sobre su religión.

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