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Egipto

Tebas (por Jorge Sánchez)

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La primera vez que viajé a la antigua Tebas, en Luxor, fue en el año 1984 y pasé allí tres días descubriendo sus numerosos lugares históricos. Tras ellos me uní a un grupo de mochileros extranjeros y entre todos contratamos una faluca con sus dos faluqueros para que nos llevaran navegando por el río Nilo hasta Aswan. Durante esos tres días en Luxor tuve el tiempo suficiente para conocer bastante bien este extraordinario Patrimonio Mundial. El templo de Luxor se ve bastante bien desde la calle, por lo que no compré un billete para visitarlo en su interior. El de Karnak sí que es verdaderamente impresionante, sobre todo por sus poderosas columnas. Lo comparaba a otros templos también grandiosos y majestuosos, como son los de Angkor Wat en Camboya, o el de Borobudur en la isla de Java. Allí sí que compré el billete de entrada y lo exploré durante varias horas, y tanto me complació esa visita que esa misma noche, junto a los compañeros con los que viajaría en faluca a Aswan, abordé una calesa y todos presenciamos el espectáculo de Luz y Sonido en el templo de Karnak.

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Al día siguiente, cruzando el río Nilo me detuve durante unos minutos frente a los dos Colosos de Memnón, o dos descomunales estatuas representando a un faraón (concretamente Amenhotep III, como me informarían en la Oficina de Turismo), que mostraban las caras desfiguradas, al igual que el cuerpo. Tras esa pausa inicié mis visitas a los Valles de los Reyes y de las Reinas, entrando en ambos valles y admirando los jeroglíficos de las tumbas principales, que eran las que atraían más turistas: las de Ramsés IX, Ramsés VI y Tutankamón. Al ser un neófito no capté todo el significado de esos lugares tan asombrosos; tampoco lo pretendía. Yo tan sólo quería admirar el ingenio y la sabiduría de aquellos antiguos egipcios y de las obras de arte que es capaz de realizar el ser humano. Días atrás, frente a la Esfinge de Guiza había comprado el papiro del Juicio de Osiris, extracto del Libro de los Muertos, y al entrar en las tumbas de la antigua Tebas y observar los jeroglíficos trataba de interpretar la cosmogonía de los antiguos egipcios y su comprensión del destino del hombre tras la muerte física, tal como se muestra en ese conocido papiro (que aún conservo en mi casa).

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También visitaría la tumba de Nefertari en el Valle de las Reinas. A la salida de las tumbas varios jóvenes te ofrecían suvenires, tales como papiros, frascos de perfumes, o figuritas de escarabajos. Tras el Valle de las Reinas me sentí empachado de ver tantas tumbas, por lo que mi visita al templo vecino de la reina Hatshepsut fue breve. Finalmente regresé muy cansado y sudando a mi alojamiento al otro lado del río Nilo para darme una buena ducha fría.

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