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Turquía

Teodora y el cisne

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La de Teodora es una historia tan asombrosa que resultaría increíble si no fuera porque está documentada por historiadores tan fiables como Procopio. Curiosamente, había nacido al mismo tiempo que su biógrafo, justamente en el año quinientos de nuestra era. Sus orígenes resultan un tanto inciertos, puesto que para algunos autores era chipriota, para otros vio la luz en Siria y los menos sitúan su llegada al mundo en la península de Anatolia. Parece claro, de todas formas, que su progenitor fue Acacio, domador que se ganaba la vida entrenando a osos en el hipódromo de Constantinopla. Su madre habría sido bailarina y, tras quedarse viuda, contrajo nuevas nupcias con el entrenador que reemplazó a su marido en el adiestramiento de los úrsidos que tomaban parte en los espectáculos circenses.

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Agobiada por las circunstancias, la adolescente Teodora siguió los pasos de su hermana mayor y empezó a ofrecer sus servicios sexuales a los clientes de un burdel local. Debido a su belleza y su buen hacer, pronto ganó relevancia y comenzó a ganarse la vida como actriz teatral. Para prosperar en el negocio no podía hacerle ascos a ciertos papeles, que incluían escenas subidas de tono en general. Afirman las crónicas que alcanzó la fama con su extraordinaria representación de Leda y el cisne, motivo mitológico griego en el cual la bella esposa de un rey espartano es seducida por Zeus, quien disfrazado de cisne mantiene relaciones sexuales con ella y la hace concebir varios hijos, entre ellos Helena y Pólux.

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Teodora apenas había cumplido los dieciséis años de edad cuando se fugó con Hecébolo, un oficial de origen sirio que había sido nombrado gobernador de Cirenaica, zona costera de la actual Libia. Allí estuvo varios años, hasta que, maltratada por el padre de su hija, se trasladó a Alejandría y, posteriormente, a Antioquía. Dispuesta a renunciar a su pasado, decidió retornar a Constantinopla y establecerse como hilandera, pero incluso así su juventud, belleza e inteligencia le impedían pasar desapercibida. Fue entonces cuando un cisne con forma humana apareció en su vida.

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En aquella época, Justiniano era un brillante y prometedor militar heredero del trono de su tío, el emperador bizantino Justino I. Rendido a los encantos de Teodora, intentó desposarla, aunque diversos problemas legales retrasaron la ceremonia durante un tiempo. Dos años después del matrimonio, Justiniano fue nombrado emperador. La influencia de Teodora sobre las decisiones de su marido fueron evidentes desde el principio y numerosas reformas llevaron su firma. Gracias a su valentía fue posible aplacar el levantamiento rebelde conocido como disturbios de Niká y el pusilánime emperador siempre le estuvo agradecido por ello.

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Empeñada en hacer de Constantinopla la capital del mundo, Teodora convenció a su marido de la necesidad de llevar a cabo numerosas reestructuraciones en la ciudad. La principal de ellas fue la reconstrucción de Santa Sofía, templo destruido en los disturbios anteriormente mencionados y que la emperatriz logró convertir en el asombro de toda la humanidad. Cuando falleció, antes de cumplir los cincuenta años y posiblemente de cáncer de mama, Justiniano lloró amargamente en su funeral y mantuvo las reformas propuestas por su esposa en términos de política social, religiosa y económica. Hasta que él mismo, superados ya los ochenta años, entonó el canto del cisne.

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