MunDandy

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Irán

Cuarenta minaretes

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Cuando García de Silva y Figueroa recibió aquel encargo, que iba a cambiar de manera trascendental su vida durante los próximos años, no movió un músculo. Había nacido en Zafra, justo a mediados del siglo XVI, y su ascendente extremeño le otorgaba la amplitud de miras suficiente para no tener miedo. Y eso que la misión asignada por el monarca Felipe III se las traía. Se trataba nada menos que de llegar hasta el corazón de Persia para establecer un acuerdo con el poderoso shah Abbas I, dominador de buena parte del territorio de Asia Central en aquella época. Ante la solicitud de respuesta, Figueroa se limitó a asentir con un leve movimiento de cabeza.

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Hacía ya más de dos milenios que Tajt-e Yamshid, literalmente el trono de Yamshid, había sido fundada. Su creador fue el monarca Darío I el Grande, que con su construcción pretendía consolidar y realzar la grandeza de su reino. Edificada sobre una terraza, a la manera habitual en ese momento y lugar, Pārsa, tal y como era conocida entonces, se convirtió en un símbolo del poderío aqueménida, dinastía que extendió su imperio hasta territorios situados en la actual Europa. Famosa por sus bajorrelieves, habitual expresión de la escultura de la época, Persépolis vivió un largo periodo de esplendor que poco a poco fue declinando hasta pasar definitivamente al olvido hacia el siglo X de nuestra era.

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España y Portugal formaban un todo en el momento en que Figueroa debía cumplir su mandato, así que el zafrense embarcó en Lisboa con destino a Goa después de muchos meses de espera. Los lusos no estaban muy contentos con la elección, porque habrían preferido que el enviado hubiera sido de origen lusitano, así que le pusieron todo tipo de obstáculos. Aun así, el extremeño arribó a las costas persas de Bandar Abbas tres años después de su partida. Lo acompañaba un numeroso séquito, superior al centenar de personas, que intentaba estar a la altura de lo que pretendidamente se estilaba en la corte safávida.

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En palabras de Pietro della Valle, explorador italiano que se encontraba en Persia en la primera mitad del siglo XVII, Figueroa era un viejo de barba blanca y sin dientes por entonces. Sin embargo, seguía manteniendo cierta robustez, que todavía le permitía desplazarse a caballo o andando durante largas jornadas. Por otra parte, su vasta cultura quedaba fuera de dudas. Disponía de conocimientos de arqueología, historia y geografía, además de una curiosidad innata. A su llegada a Isfahán fue posiblemente alojado en Ali Qapu, pero no encajó en la corte de Abbas I, demasiado superficial y acostumbrada a los placeres mundanos para el culto y austero extremeño.

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A pesar de que Figueroa no consiguió ninguno de los objetivos que le fueron encomendados, entre los cuales el principal consistía en conseguir un pacto con Abbas I para intentar frenar el avance otomano en Europa, el enviado no perdió el tiempo en Persia. Exploró diferentes lugares, llegando incluso hasta Bagdad, con el fin de estudiarlos en profundidad y quedó especialmente impresionado con las ruinas del sitio entonces denominado Čehel Menāra, es decir cuarenta minaretes, aludiendo a su grandioso pasado. Aunque no fue el primer europeo en visitar Persépolis, mérito que correspondió al monje Odorico trescientos años antes, sí lo fue en identificarla con la antigua capital aqueménida. También fue el primero que describió la escritura cuneiforme que allí encontró, llegando incluso a representar gráficamente los caracteres en su obra Comentarios de don García de Silva que contienen su viaje a la India y de ella a Persia, publicada tras su muerte. Ocurrió ésta cuando retornaba a España, en alta mar y tras una inolvidable aventura que le había tomado los últimos diez años de una larga y satisfactoria vida.

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