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Amigos para siempre

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Apodado el Damasceno en su época, Apolodoro es uno de los más grandes arquitectos de los que se tiene constancia, a pesar de estar completamente olvidado en la actualidad. Nació en Damasco, posiblemente en el año sesenta de nuestra era, aunque la fecha exacta es ignorada. Tras un largo periodo de oscuridad, del cual se desconoce prácticamente todo, llegó a la capital del mundo conocido ya en su madurez. Debió de producirse este hecho a finales de la penúltima década del siglo I, quizás a comienzo de la siguiente, cuando Marco Ulpio Trajano regía con mano firme los designios del Imperio y en sus oraciones a los dioses repetía con insistencia la idea de ampliarlo.

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Resulta complicado aventurar cuando fue la primera vez que Trajano y Apolodoro cruzaron sus miradas. Tampoco importa demasiado. Lo evidente es que se encontraron, se cayeron bien y comenzaron a planificar una sucesión de obras que dieron un vuelco a la, en cierto aspecto pobre, ingeniería civil conocida hasta entonces. Bajo su habitual aspecto circunspecto, Trajano tenía una fe ciega en su colaborador y no dudaba en encargarle todo tipo de tareas, a lo largo y ancho de la enorme superficie del imperio. Con su probada amplitud de miras, Apolodoro aceptó encargos aquí y allá, siempre consciente de su vulnerabilidad frente a los designios del emperador.

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Poco a poco, ambos comenzaron a llevar a cabo numerosos proyectos en la capital del Imperio. Primero, el impresionante foro de Trajano, el último y más espectacular de los actualmente conocidos como Foros Imperiales. Cuentan las crónicas que fue inaugurado en el año 112, cuando el emperador ya había culminado victoriosamente las campañas dacias y el pueblo romano vivía la apoteosis de sentirse el centro del mundo. En las inmediaciones de tan insigne espacio, las nuevas y espectaculares edificaciones surgían como setas. Bien fuera el denominado mercado de Trajano, primer espacio auténticamente comercial conocido. O la renombrada columna Trajana, monumento conmemorativo de cuarenta metros de altura que aludía a las victorias del emperador en sus campañas en la Dacia. Posiblemente también en la ampliación del Circo Máximo, que lo hizo alcanzar una capacidad de ciento cincuenta mil espectadores, algo a lo que no ha llegado ningún recinto deportivo desde entonces.

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Tal fe tenía Trajano en Apolodoro que no dudó en llevarlo con él hasta los confines del Imperio. Hacia el este, donde lo hizo responsable de la mayor obra de ingeniería conocida hasta la fecha. Tratábase de un puente que salvara las aguas del Danubio con el fin de que sus legiones pudieran avanzar sin problemas en la conquista del territorio dacio. Y hacia el oeste, donde el emperador tenía sus orígenes. Allí, Apolodoro se encargó de edificar el hoy día conocido como puente de Alconétar, innovadora obra que constituía un hito fundamental en la calzada actualmente denominada Vía de la Plata.

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Cuando el más grande emperador romano, con permiso de Augusto, vio cerca el fin se aseguró de que sus cenizas fueran enterradas en el interior del pedestal que soporta la columna que lleva su nombre. Apolodoro sobrevivió a su amigo y mentor varios años, intentando adaptarse a los nuevos tiempos que llegaban de la mano de Adriano, sobrino y sucesor de Trajano. Probablemente su obra más importante en esa época fuera la reconstrucción total del Panteón, al que dotó de una cúpula magistral que creó escuela en las tendencias arquitectónicas subsiguientes. Endiosado Adriano, sediento de sangre debido al complejo de inferioridad respecto a su predecesor que siempre guió sus pasos, aprovechó la circunstancia de una crítica hecha por el Damasceno a su manera de actuar y, corroído por los celos, simplemente lo ordenó asesinar.

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